Pedro J. García


La mascarilla

02/04/2021

El uso obligatorio de la mascarilla, entre unas normas y otras, no suma ni un año y ahora, porque un nuevo decreto la convierte en obligatoria hasta en la playa, ponemos el grito en el cielo. Eso no es duro, sacrificio es el que hacemos quienes, como yo, usamos gafas casi desde la cuna; en mi caso, desde los tres años y voy camino del medio siglo.

Las he tenido de todos los colores, modelos y grado de dureza, porque no todas duraron lo mismo. Las de mi infancia y juventud las recuerdo como las más frágiles, quizás porque fue la etapa en la que más rompí, pero entonces no había modelos para deportistas y un servidor, cuando practicaba fútbol o baloncesto, tenía la disyuntiva de jugar con las gafas puestas, con el ato riesgo de romperlas, como sucedió más de una vez, o jugar sin ellas, con lo que el sentido de la vista se reducía considerablemente. Como con gafas o sin gafas era casi igual de malo -jugando- decidí hacerlo sin ellas, porque, al menos, el bolsillo de mis padres salía victorioso.

Si conjugas las gafas con la mascarilla, eso ya no es sacrificio, directamente es intento de supervivencia, porque la conjunción de ambas hace que pases muchos momentos con las lentes empañadas y, ahí, el futuro es más negro que cuando jugaba al fútbol sin gafas. Todavía se puede dar un giro de tuerca más, porque lo verdaderamente insufrible es la inutilidad de unos gobernantes que aprueban el decreto en el que se contempla la obligatoriedad del uso de la mascarilla en todo momento y, ante las críticas recibidas, a los dos días ya estaban buscando maneras de burlar la norma. Lo de la España de charanga y pandereta empieza a quedarse corto.