NUEVO SURCO

Javier López


Gana el independentismo

17/02/2021

Fue la primera frase que es escuché el domingo 14/02 en los primeros análisis tras elecciones catalanas: gana el independentismo. Después, han venido los debates sobre si son galgos o podencos, que no es lo mismo a día de hoy ERC que Junts, que los de Puigdemont son unos populistas echados al monte, unos talibanes de la causa, que los republicanos son más moderados, más dispuestos a llegar a algún tipo de acuerdo, aunque (importante matiz) siempre teniendo ellos la sartén por el mango y sin renunciar a sus objetivos máximos a medio plazo.
Y luego está lo de Salvador Illa, y el PSC.  El exministro de Sanidad también ha sido un ganador de los comicios con un posicionamiento inteligente que pretende liquidar a golpe de urna al bucle tormentoso en el que Cataluña está atrapada desde 2017, pero no va a ser posible. El independentismo, al final, ha ganado y sea cual sea la solución de gobierno pasará por el filtro indepe, sin otro remedio.
Lo cierto es que el independentismo, en cualquiera de sus variantes, domina en Cataluña y seguirá siendo un gran dolor de cabeza en los próximos años. El analgésico Illa, gran apuesta de Pedro Sánchez, tendrá su papel imprescindible pero no podrá ser la solución para superar la postración catalana de los últimos años. Otra cosa serán los acuerdos de gobierno en la Generalitat que pueden pasar o no por el PSC, pero, ojo, porque lo que le conviene al independentismo jamás le conviene a España y lo que le conviene a Sánchez tampoco coincide siempre con los intereses de los españoles. Lo peor sería un gran pacto independentista ERC+Junts al margen de Madrid. A esta hora más que probable.                 
Con todo, lo de Illa ha sido un acierto en la apuesta, pero no ha sido suficiente. EL independentismo se ha movilizado y ha ganado. Por contra, las opciones netamente españolistas están en la esquina en el tablero. Son testimoniales, anecdóticas. Si Vox ha sacado una gran diferencia a los populares, y ha dado la campanada, no deja ser en el ámbito de lo minoritario, como el resultado raquítico del PP, por no hablar de la debacle absoluta de Ciudadanos.
Lo de los naranjas estaba catando. Como si fuera hace una eternidad aquella victoria insuficiente en las últimas elecciones cuando todos los catalanes acojonados por la embestida de unos independentistas dispuestos a decretar su república por las bravas, hicieron piña en torno a la figura de Inés Arrimadas. Luego cogió las maletas, sin presentar batalla, al tiempo que Albert Rivera se empeñaba en que lo suyo no era representar un opción progresista  nacida en Cataluña con vocación nacional sino comerse la porción de pastel del PP. Quisieron ser más de derechas que Pablo Casado y traicionaron su lugar natural, en Cataluña y en el resto de España
Los resultados están a la vista. No es descabellado seguir pidiéndole cuentas a Albert Rivera por el gran desbarajuste que ha provocado su ego desmesurado y vanidoso. Algunos, en cambio, le siguen considerando la gran opción que ha tenido España en este tiempo político de incertidumbres y cambios continuos en el que Ciudadanos, uno de los principales autores de la nueva política, lo tendrá complicado para seguir existiendo.
Lo de Ciudadanos era prometedor. Un partido crecido en la brega catalana con mirada amplia, con intención de aportar una visión de conjunto desde la tierra más propicia para los separatistas y los partidarios de la segregación y la insolidaridad. Pero a Albert Rivera, que (todo hay que decirlo) siempre pareció más un chico aplicado de Móstoles que un catalán de pura cepa, le vino demasiado amplia tan grande misión y enseguida sucumbió a los encantos del foro madrileño y del IBEX que le hicieron creer que él era el recambio perfecto de la vieja política y de un Mariano Rajoy gastado a esas alturas para lo  que exigían los nuevos tiempos.
El resultado está a la vista: ganan los independentistas. Ganan los que están en prisión por haber desafiado al orden democrático como no se había hecho nunca en nuestra democracia desde una institución del propio Estado como la Generalitat, y ganan también los que siguen controlando en Cataluña todos los resortes culturales para seguir caminando hacia el objetivo envenenado de la república catalana. Controlan la educación, los medios, y lo volverán a intentar, antes o después, por la vía unilateral que es la única posible para su objetivo, porque siempre existirán unos cuantos millones de catalanes que se opondrán a su mantra, pero eso a ellos, tan unilaterales y totalitarios, les da igual.



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