Tiempos de swing

Sonsoles Arnao


Hasél, la mecha y la violencia

22/02/2021

En el año 2005 grupos de jóvenes franceses, segundas y terceras generaciones de inmigrantes, enseñaron al mundo los suburbios en los que vivían, prendiendo fuego a los coches, contenedores y destrozando el lugar en el que estaban condenados a vivir. Pobreza, guettos y vigilancia policial constante. La mecha fue la muerte de dos jóvenes electrocutados en un transformador eléctrico mientas trepaban para zafarse de la persecución policial. Sin olvidar que el entonces ministro de Interior, Sarkozy, llamó escoria a aquellos primeros manifestantes. Quemar los banlieues franceses fue todo un símbolo hacia el gobierno y hacia el mundo.
Mayo 2020. La muerte por asfixia de George Floyd a manos de la policía internacionaliza un problema que no hacía más que recrudecerse. Un negro, escoria y delincuente para muchos, asesinado por la policía. Otro más. Los disturbios se apoderan de las principales ciudades de EE.UU. Trump dejó claro quienes era: «son los antifascistas y la extrema izquierda». El movimiento Black lives matter que llevaba años activo se popularizó gracias a las llamas. Es un hecho. Los contenedores ardiendo colocan el conflicto en primera línea política y mediática. Buscar comida en un contenedor no es noticia, quemarlo sí.  
Los que estos días nos estáis explicando quien es «de verdad» Pablo Hasél, qué pensáis, que somos fans suyos, o algo así. Esto no va de lo que ha pensado, cantado o tuiteado este rapero. No va de la simpatía o antipatía hacia personas como Hasél. Cuando se defienden derechos o el sentido común a la hora de interpretar y aplicar las leyes, se defienden para todos. No he escuchado su música. Estos días he leído los tuits y letras de sus canciones. Allá cada uno con su arte. A lo mejor también creéis que la reivindicación de libertad de este rapero es capaz de incendiar las calles de Barcelona y Madrid. A lo mejor es que no pasa nada más. Solo en una semana: dos policías apalean a un hombre y su hija en plena calle, sus vecinos se manifiestan para exigir justicia, hay enfrentamientos con la policía, un hombre es herido con munición real. Pasaba por allí. Los disparos con pelotas de foam se cargan el ojo de una manifestante. Podría estar pasando por allí. Una actuación del Nodo a color, arenga a los nostálgicos del régimen pero que cuentan con 50 diputados en el Congreso y 10 en el Parlament. Discurso de odio, identifican al enemigo: el judío, comunista y masón. No hay disturbios. Una escrupulosa normalidad democrática. 
Esto ya no va de libertad de expresión. Un debate más serio y complejo que cuatro tuits y que es muy difícil mantener mientras arden las redes sociales y los contenedores. Pablo Hasél no debería estar en la cárcel. Y sí, también es complejo el delito de odio. ¿Tenemos derecho a odiar? ¿A insultar? ¿Dónde ponemos el límite? Recuerdo cuando un periodista me contaba que grupos ultras coreaban mi nombre seguido de insultos mientras se jugaba un partido de fútbol. Mi foto, en una diana y en un «se busca» apareció en foros de internet de grupos nazis. Mientras he sido concejala, un locutor de radio local me insultaba en su programa cada semana. El derecho internacional pone los límites cuando las expresiones de odio incitan claramente a cometer actos violentos, existe la probabilidad de que se cometan esos actos y hay una conexión directa entre esas expresiones y los actos violentos. También pasa que había un compromiso de este gobierno para derogar la Ley mordaza y la reforma del Código Penal que ponen en entredicho esa clarificación de los delitos de odio por el derecho internacional y que tantos quebraderos de cabeza nos ha traído hasta ahora. Podemos seguir con tuits y contenedores o ponernos con el BOE, que para eso somos gobierno. 



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