DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Tedio y pena

12/02/2021

En tiempos de pandemia todo es insulso y, en demasiadas ocasiones, ni eso. Los bares abren en Castilla-La Mancha y lo hacen al 30 por ciento, un mínimo premio de consolación no se vayan a enfadar en exceso los hosteleros. En los comercios, las rebajas se han esfumado en silencio, pero para los dueños es como si les hubiera pasado una apisonadora por encima. Alguno no se va a volver a levantar. Hay hastío y cansancio. Un agotamiento que va mucho más allá de lo físico y metal. Es cuestión de supervivencia. Los aficionados a los toros siguen sin festejos de ningún tipo y los animales, los que todavía no han ido al matadero, continúan comiendo cada día en las ganaderías. El resto de espectáculos culturales tampoco levanta el vuelo. Cine, teatro, conciertos… ¿Te has parado a pensar que a las empresas de espectáculos no les han dejado programar una sola verbena desde hace casi un año? Músicos sin un simple bolo; la ruina y la pena más absoluta. Y el consuelo es el de siempre: mejor estar vivos para poder contarlo, como si el hambre -que se multiplica- no fuera motivo de una muerte en vida.
No hay alegría. Antes de que pase el carnaval, ya hemos enterrado a la sardina. Si miramos al deporte, ese fanatismo que siempre rodea el fútbol ha quedado reducido a una competición de salón que cada vez interesa menos. Sin público en los estadios, pierde su gran aliciente. No deja de ser paradójico que la que está considerada como una de las mejores aficiones de España no pueda acudir al campo el año que van líderes. Como no les gusta el Wanda y siguen añorando el Calderón, es el único consuelo que les queda.
Con este panorama, ¿qué interés pueden tener unas elecciones autonómicas en Cataluña? Para empezar, a nadie se le ha ocurrido dar un giro a la logística electoral, ni siquiera para que los contagiados no tengan que acudir de forma presencial a votar, poniendo en riesgo la salud del que pase obligado por allí. Todo lo contrario. Como no está garantizada la constitución de las mesas y el 25 por ciento de los seleccionados ha presentado alegaciones, lo más fácil ha sido rechazarlas de forma mayoritaria. Algunos recursos se han resuelto incluso a las pocas horas de presentarse. «Vivo con mi madre que tiene graves problemas respiratorios. Si me contagio, estaré jugando con su vida», me contaba Daniel, un barcelonés que tendrá que acudir el domingo a su colegio como vocal. Presentó recurso y se lo han denegado. Lo mismo que a David, del Prat de Llobregat, con un cuadro asmático que también podría complicarse si el bicho se mete en su cuerpo.
Es la contradicción permanente que nos han vendido y si te atreves a cuestionarla eres, directamente, un negacionista. Cierran los bares, las tiendas de ropa, las zapaterías porque está en juego la salud, pero dejamos que los contagiados se paseen sin necesidad de que se conozca si realmente lo están. Nadie ha sido capaz hasta ahora de determinar, con criterios exclusivamente científicos y con cifras fiables, que todos los negocios que se han cerrado sean el mayor foco de contagio. Los expertos no eran tales y por eso ocultaban su identidad. Pero los catalanes irán a votar el domingo dentro de un tedio que está a punto de narcotizarnos a todos. Los catalanes acudirán a las urnas y la mitad lo hará con la intención de seguir decidiendo por el conjunto de todos los españoles. Igual nos llevamos una cornada, pero, como estamos anestesiados, igual ni nos enteramos. Poco nos pasa.