Antonio García


Venus

21/09/2020

La noticia de que hay indicios de vida en Venus ha alegrado a la comunidad científica, y de paso a los imaginativos que ya ven casi cumplidos sus sueños de intercambiar conocimientos con extraterrestres. Por supuesto que esos indicios de vida se refieren a un aire respirable, a una atmosfera similar a la nuestra, a la existencia de agua potable o de alguna planta, pero quien mas quien menos, y sobre todo si es ignaro como yo, visualiza inmediatamente a un monigote con antenas y trompeta. Sin embargo, la noticia, lejos de alegrarnos, debería producirnos tristeza. Asquea un poco la soberbia de esos científicos, que sin haber resuelto los problemas que tenemos en la casa tierra ya están haciendo planes para una segunda residencia en planetas vecinos. Si se sigue el protocolo conocido de otras conquistas locales, lo que empieza con una exploración se continúa con rapiña y destrucción. De haber vida en otros planetas, no damos un duro por ella, porque no bien instalemos nuestras posaderas en aquellos territorios inexplorados procederemos minuciosamente a repetir los pasos acometidos en otras colonias terrestres, tierras vírgenes que hemos emponzoñado, tribus indígenas que hemos masacrado, especies animales que hemos domesticado o abatido con nuestra presencia. Los hipotéticos marcianos, venusianos, uranitas, tan ricamente alejados de nuestra influencia durante millones de años, tan ensimismados en sus elementales y plácidas costumbres, no saben lo que les espera. Las pesadillas que nosotros hemos vivido de criaturas malignas invadiendo nuestro planeta las van a conocer ellos ahora, pues no cabe duda de que si hay una raza mortífera es la terrícola.