Antonio García


Unamuno

26/10/2020

Se va a estrenar un documental sobre Miguel de Unamuno, que complementario de la reciente película de Amenábar, trata de poner en orden sus últimos meses de vida. Parece que la biografía del vasco haya quedado, para las generaciones actuales, constreñida a esos dramáticos momentos, saltándose sus precedentes y, lo que es peor, obviando su obra toda. En tiempos de memoria histórica -que en rigor debería ser memoria franquista- es lo que toca. De todos los intelectuales de aquella época, por encima de los tibios como Azorín o Baroja o de exquisitos como Ortega, Unamuno es el más moldeable y manipulable, una perita en dulce para cualquier exégeta que puede extraer de su obra y documentación privada lo que quiera, según conveniencia. Porque Unamuno les da justificaciones a todos: ya sea a los voceras de Vox, que viven en perpetua preguerra civil, como a los revisionistas del PSOE que quieren hace de la historia materia de BOE. Unamuno celebró el advenimiento de la República del 31 con el mismo convencimiento con que luego la denigró, o vio con esperanza la aparición de un providencial caudillo que más tarde enseñó su cara real. Sus últimos meses fueron de remordimiento, un trágico mea culpa por haber errado en todos sus diagnósticos, cuando ya era irreversible el estallido de la guerra incivil, de la que responsabilizó a hunos y a hotros, igualados en barbarie, dejando el camino expedito a esa tercera España, que bajo la presión de las otras dos siempre ha sido ninguneada. Esa ecuanimidad, ese reparto de culpas sigue resultando insoportable en nuestra mezquina España actual, aún seccionada en dos bandos irreconciliables.