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José Juan Morcillo

José Juan Morcillo


Refugiados

11/05/2022

Sostiene Pablo que los españoles están ayudando a los ucranianos que han llegado aquí desde su país con una generosidad admirable, como la que mostraron nuestros hermanos hispanoamericanos con los exiliados españoles por la Guerra Civil, sostiene. Sentado a la mesa da vueltas al café, demasiadas vueltas, pienso, y cada vuelta se me figura un pensamiento enlazado con otro, así que decido callar y esperar a que siga hablando y comparta conmigo sus meditaciones. Están recibiendo clases gratuitas de español, continúa; muchas familias ucranianas, madres con hijos menores de edad, han sido acogidas por otras españolas que han abierto la puerta de sus casas como si se tratase de parientes venidos de muy lejos; son muchos los particulares que llenan sus furgonetas y camiones de ayuda humanitaria y se desplazan hasta allí para repartirla, y siguen fletándose autobuses para traerse aquí a más refugiados.
Pablo se ajusta su sombrero panameño, blanco y de copa plegada; su toquilla roja está unida en una hebilla de metal con forma de caballo. Da un sorbo al café. Es fascinante la capacidad del español medio a la hora de entregarse a causas humanitarias; creo que se debe a una mezcla de la caridad que desde siempre se nos ha inculcado con un deber con los pueblos que nos ayudaron cuando lo necesitamos, sostiene Pablo. Da un nuevo sorbo al café. Pero lo que me desconcierta, sostiene mientras levanta el ala frontal del sombrero y se pasa la mano por la frente, es que tanto altruismo se vuelque con personas europeas, blancas, de clase media y que llegan a nuestro país en coches y autobuses; si fuesen africanos, negros, pobres y llegaran en pateras huyendo también de la guerra y del hambre, no habría familias que abrieran sus casas para alojarlos y alimentarlos, no se les daría clases gratuitas en centros educativos ni irían particulares con sus furgonetas y autobuses a sus países a repartir ayuda humanitaria y a traérselos a España, sostiene Pablo. En el televisor del bar se ve a Zelenski, solo por las calles de Kiev, hablando a cámara como si mirara al propio Pablo, pronunciando su discurso del 9 de mayo, Día de la Memoria para los ucranianos. Nadie le hace caso salvo Pablo, que apura su café.