Fernando Fuentes


Sobre la peor ola

28/07/2020

Encaramos el inminente ferragosto con malas sensaciones. Lo que debería ser el periplo de más disfrute del año se ha convertido en un mar de lágrimas en el que nadie quiere zambullirse. Durante este 2020 las vacaciones las vamos a pasar surfeando sobre una mala ola de rebrotes; haciendo turismo de interior por dentro de nosotros mismos; sin bailar -sea en clubs de Ibiza o en verbenas manchegas- y, lo que es peor, sin un futuro claro a la vista. Estamos en una semana clave para ver qué pasa con la pandemia y, por ende, con nuestras vidas. Solo un optimista nato como yo podría estar más preocupado que asustado ante lo que está sucediendo en las últimas semanas. Y por eso huyo como alma que lleva al diablo de ese vecino -implacablemente realista- que con solo unos segundos de charla es capaz de sumirme en la más profunda depresión. Lo cierto es que en una España en pleno rebrote nada anima a pensar que mañana todo irá mejor. El rayo de luz que nos deslumbró tibiamente, y desde lejos, en junio, ha dado paso a un fundido en negro que puede ser tan inminente como terminal. Y sin paliativos. Hubo que abrir el país, antes de tiempo, para intentar recuperar el colapso económico. Y, llevados por el frenesí estival, hasta nos creímos que habíamos vencido al maldito bicho, cuando solo matándolo le habríamos conseguido arrancar un triste asalto. Ahora, en determinadas zonas del país, estamos de nuevo hasta las cejas de Covid-19 y la sombra del confinamiento se cierne sobre nuestras azoteas, como el negror de la peor tormenta de verano imaginada. Llega un ferragosto que presagia un otoño de ERE, ruina y desesperación. Parece claro que solo una vacuna podría hacernos despertar de una pesadilla global tras la que, ahora ya seguro, sabemos que nada volverá a ser igual. Pero… ¿y por qué no mejor? Lo sé, mi euforia natural puede rozar la estupidez. Ustedes perdonen. Es lo que tiene estar en lo más alto de la peor ola.