Elena Serrallé


No todo es mentira

29/07/2020

Seré franca, no me gustan las personas mentirosas. Me incomodan, me ponen nerviosa y me generan rechazo. Creo que es uno de los defectos más sucios que envilecen al género humano.
Lo que peor llevo es la sensación que producen en mí, consiguen que me sienta como una idiota que pone cara de póker y que con la mirada suplica que cierren esa bocaza surtidora de trolas. No llevo nada bien que subestimen mi inteligencia y son muchas las veces que con mi actitud consigo confundir a quien me está escupiendo mentira tras mentira, porque se viene arriba y cree que mi silencio significa credulidad.
No me mientas, por favor, háblame siempre con la verdad, probablemente no me guste, me duela o quizá me robe la tranquilidad, pero déjame ser yo quien decida qué hacer con ella o cómo gestionarla. Hazme llorar con una verdad, pero no me traiciones con una mentira. La primera genera heridas que puedo lamer, la segunda me destruye sin piedad.
Las que más me enervan son las mentiras que yo denomino «innecesarias», que son aquellas que se dicen gratuitamente, que no atienden a un por qué, que ni siquiera son respuestas a preguntas incómodas, me hacen concluir que si esa persona me miente en cuestiones triviales, con más motivo lo hará en aquellas que sean verdaderamente importantes.
Opto por alejarme, intento no tejer vínculos, mantengo las mínimas reglas de cortesía, pero no permito acceso a mi yo más interior. No concedo oportunidades. Soy implacable.
Una mentira es el mayor monumento a la traición.