Antonio García


Génova

22/02/2021

Cambiar de residencia es un trámite enojoso que todos experimentamos alguna vez en la vida, pero si el domicilio tiene su historia y los propietarios son influyentes en la vida política, el trámite se torna en éxodo mediático, con su legión de residentes huyendo de una quema simbólica. Se ha hablado del hundimiento de la casa Usher y se podría añadir la casa tomada de Cortázar, con su ominosa presencia invisible, o la casa infernal de Matheson que requiere de todo un cuerpo de cazafantasmas para desalojarla de tantos ectoplasmas pasados. Los espectadores solo conocemos la fachada, escenario que ha sido de los triunfos de Aznar y de Rajoy, quien se avino a dar en su balcón esos botes optimistas antes de que el suelo se abriera bajo sus pies. Pero el interior oculta historias de luchas de poder, navajazos, documentos comprometedores y destrucción de esas mismas pruebas. Aunque la excusa sea otra, es el aire emponzoñado el que les ha obligado a cambiar de aires. Con su estigma de casa maldita, mala de guardar, será difícil que hasta los ocupas se animen a traspasar sus lindes y sólo tras una fumigación exhaustiva podrá recibir nuevos inquilinos que mirarán con prevención cada esquina por si encuentran cadáveres -bien entendido que metafóricos- en los armarios. Cierto olor a podrido permanecerá sin duda en el ambiente, como permanecían flotando las ideas en los lugares por donde había pasado Ortega, pero la corrupción es una segunda piel que llevan consigo los inquilinos, como parte del mobiliario, y a no ser que cambien de hábitos o renueven su organigrama les acompañará a donde vayan, pues la única solución pasa por hacer mudanza de piel, no de domicilio.



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