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José Juan Morcillo

José Juan Morcillo


Carne, pan y vino

12/01/2022

Hastiado de controversias sobre macrogranjas y sobre ganaderías extensivas e intensivas, me ha entrado apetito y hoy quiero hablar con la lengua humedecida y el diente alerta del alimento, quiero hablar de carne, de pan y de vino, por ejemplo, los tres hermanados sobre un mismo mantel, un mantel humilde en el que el plato y el vaso se aderecen del sabor, olor, tacto, vista y olfato de tan admirable fraternidad; hoy quiero alabar, abrazado a Epicuro, que no hay nada más democratizador para el ser humano que el gozo nutricio alejado de la suntuosidad y de la opulencia pues son el origen de la desigualdad, y esta de la violencia. El cuerpo nos habla todos los días, nos pide calor y comida para sentirse feliz, para fortalecer los miembros y la sesera, una mesa servida con mesura y sencillez que ha de estar al alcance de cualquiera como principio de igualdad entre todos los hombres. Primero alimentémonos y luego ya funcionaremos. «Primum vivere, deinde philosophare». Bendito el mes que empieza con tostones y acaba con chicharrones, decía un pastor de mi pueblo; afortunado el estómago que los acoge y arruinado el que no los recoge. Gramática parda, la de toda la vida de Dios. Poco antes de morir, atormentado por un insufrible dolor en las articulaciones que le había doblado el espinazo como un tallo marchito, me recordaba los años mozos en los que debía segar a mano fanegas de cereal y pastorear desde el alba hasta la anochecida, y le comenté que aquello sí que era trabajar y sufrir y llegar a casa con el cuerpo dolorido. «El dolor no pasa hambre; la boca, sí» me contestó. «Y uno aprende que el bacalao tiene que partirse por la mitad y cada uno lo mismo, con sus raspas y carne». El alimento bien compartido iguala y democratiza, en el sentido etimológico del verbo, a la humanidad.
La carne pide carne y el camino, vino, y al hambre hay que tenerle más miedo que a una vara verde, porque destruye el cuerpo, y tras él la armonía y la amistad. El hambre es el arma política más efectiva para deshumanizar la sociedad y sumirla en la violencia. Por eso hoy he querido traer a esta mesa un poco de carne, una miaja pan y un chato de vino.