Fernando Fuentes


Mismas porquerías

23/02/2021

Ese sucedáneo de rapero -que se hizo famoso de sopetón y sin mérito, gracias a sus imperdonables soflamas a favor de los asesinos de ETA y el Grapo, entre otras barbaridades en busca de ruido fácil- es un bocachancla sin talento, ni un ápice de flow. Un pijo echado al monte, pero al que linda con su urba de lujo. Un niñato colocado hasta las cejas de una libertad de expresión mal entendida. Aun así no merece abrazar los fríos barrotes de la chirona por disparar tal sarta de memeces en sus vomitorios sociales. Solo tiene la culpa de presumir de una cretinez superlativa que le pilla todo el cuerpo. Y eso no es poco. Pero a los que les interesa que parezca que en España la democracia no disfruta de una salud plena, lo de este matón de boquilla les ha venido de perlas. Que volvamos a sufrir episodios de sangre y fuego en nuestras calles es algo que solo beneficia a los de siempre. A esos que están detrás de una manipulación, perfectamente orquestada, que ha elevado a un delincuente a la categoría de mártir, en la frágil mente de cientos de imberbes que malpiensan que solo con violencia se pueden mejorar las cosas. Los que disfrutan con el alboroto se frotan las manos viendo como el aburrimiento, la desesperanza y la ruina -que ha causado la pandemia- ha encontrado en este asunto una espita para deflagrar a lo bestia sobre una realidad tan incierta como distópica. Echenique se levantó una mañana queriendo ser el Cojo Manteca; pero en blanco baturro y sentado sobre un lujoso trono motorizado que le aleja de la realidad de pisar suelo a diario. Y les dice -a los que lanzan adoquines de tres kilos sobre las cabezas de los policías, queman las motos de sus vecinos y saquean las boutiques exclusivas para luego malvender los trapitos en Wallapop- que ha tenido un sueño que produce monstruos goyescos, pero desde la sinrazón. Y que en él salía un rapero, con pinta de haberse jalado una docena de bollos rellenos de ira y estupidez, clavando un piolet en la cabeza de Bono y poniendo una bomba en los bajos del coche de Patxi López. Y la turba le ríe las gracias y le aseguran su voto. Mientras en la acera de enfrente surge una muñeca neo-falangista -más de selfie a contraluz que de postal en sepia- a la que se le ha hecho caso porque es mona y exhala un morbo rancio desde una boquita acarminada, tan suelta como sospechosamente torcida. Sea fusta en mano, o con brazo erecto y saludando al sol, mola mazo y ellos lo saben. Si llega a lucir los mofletes de Hasél, no la sacan ni en la hoja parroquial. Mismas porquerías, vaya.



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