Antonio García


El tren del silencio

16/11/2020

En Cataluña han empezado a habilitarse autobuses, vagones de metro o ferrocarril, en que se pide silencio al viajero, para evitar la propagación de aerosoles humanos. Son los llamados trenes del silencio y constituyen a mi parecer la medida más clarividente de todas las que se han ideado hasta la fecha, ojalá prorrogable a cuando ya no exista riesgo de contagio. Si todos calláramos cuando no tenemos nada que decir, que es casi siempre, no sería necesario el recurso de mascarillas, y de rebote el planeta sería más habitable, liberado de una contaminación acústica no menos perniciosa que la atmosférica. Por no hablar del efecto embellecedor del silencio: calladitos estamos más guapos. De la misma manera que existe la figura del fumador pasivo, que es quien recibe los humazos ajenos, debería contemplarse la del oyente pasivo, al que se obliga a enterarse de asuntos que no le interesan. En nuestros desplazamientos cotidianos nos vemos sometidos a diferentes torturas sonoras no deseadas, que van desde la música ambiental o la megafonía de los grandes almacenes a los chascarrillos familiares del que no controla el volumen de su voz, reduplicados en decibelios cuando el espacio es cerrado y sus ocupantes gozan del don de la ebriedad. El sentido del oído, junto con el del olfato, es el más vulnerable de todos. Ante la agresión visual siempre cabe cerrar los ojos o desviar la mirada, pero cuando se trata de una intromisión sonora, para la que no tenemos defensas naturales, solo cabe recurrir a la ortopedia de tapones o auriculares, o subirse, como ahora, a uno de esos trenes silenciosos, aunque no vayamos a ninguna parte.