Antonio García


Enterrar al Nobel

12/10/2020

En la semana del Nobel, Vargas Llosa declara que ha intentado que el Nobel no le enterrara. En realidad, el Nobel no entierra a nadie sino que, cuando es desconocido -lo que ocurre la mayoría de las veces-, lo desentierra de su nicho provinciano, aunque sea para enterrarlo luego más hondo, como le ocurrió al formidable Patrick White, a Soyinka, a Seifert y a tantos otros de los que ya no se tienen noticias. Llosa ha sobrevivido al Nobel porque contaba con suficientes rentas previas a su concesión, y si algo le ha estropeado sus años postreros no habrá sido el galardón sino su continua exposición mediática en brazos de la mujer madura o su enconado liberalismo, vicios a los que es duro sobreponerse. El Nobel no otorga nada que no llevara previamente el galardonado. Con o sin Nobel, Saramago sigue siendo un escritor mediocre, Cela un escritor local, Bob Dylan un eficiente plagiario, Dario Fo un cómico de la legua. De los perdurables como Faulkner, Thomas Mann, Hesse, Camus, Bellow a veces se nos olvida incluso que han ganado el Nobel, una muesca anecdótica en su biografía. De la que lo obtuvo el año pasado -ex aequo con Peter Handke-, confieso que ni recuerdo el nombre, lo que es demérito de mi memoria y no de sus cualidades probadas. Al reseñar la concesión de este año a la poeta Louise Glück -un desenterramiento parcial- se he evocado a Szymborska, que estaba a medio enterrar por mor del inclemente olvido. El Nobel es la pegatina que se añade a las sobrecubiertas, solo durante los primeros meses. Luego la pegatina se desprende y se cae. Lo que importa es que, aun sin pegatina, los libros se resistan al entierro prematuro.