Ramón Bello Serrano


El pelotón

09/01/2021

En un hombre tan especial  como Stefan Zweig puede comprenderse su pasión por Balzac o Dickens. Balzac, para mí, además de haberlo leído entero frecuentando los tomos acotados de mi padre (la lectura me reveló que había novelas no leídas, acotaciones que no compartimos, también el trazo emotivo de la tinta de entonces para pluma remarcando una metáfora o un preciso modo de decir) Balzac fue un caudal necesario para poder escribir una larga novela -ahora no viene a caso-. Balzac, tan desigual, me interesó por el poder que ejerce el hombre despreciable a través de otro o de otra cosa que lo redime -Vautrin y Rubempré; Gobseck y las letras de cambio vencidas- y Dickens fue una sonrisa permanente hasta el hachazo de La casa lúgubre -uno va sin perder la sonrisa por Nicholas Nickleby o por los afanes de Martin Chuzzlewit (hijo), hasta que el pleito fatídico de Jardynce contra Jardynce te hace mudar la risa por una honda desesperanza. Dickens y Balzac son escritores de largo recorrido sobre los que se puede ensayar en un despacho ordenado y rutinario como el que aparentemente disfrutaba Zweig. Así que desconcierta un poco que el mejor ensayo de Zweig lo sea sobre Dostoiewski -los lectores de Dostoiewski se descubren por hablar del ruso con ojos de fiebre, todos se parecen mucho, en realidad son fieles de una misma iglesia, que ocultan con celo y avaricia, lo quieren todo-. Al inicio de Crimen y castigo, Dostoiewski muestra, de un solo golpe, toda su artillería: «lo que más teme la gente es dar un  paso nuevo, pronunciar una palabra nueva». Y, en realidad, el ensayo de Zweig responde muy bien al reparo por esa palabra nueva: el austríaco no arriesga y se acerca al ruso como un trapecista diestro, aunque asegurado por una gran red que salve su exitosa literatura -yo creo que sobrevalorada, pero eso no es demérito-. De Balzac puede hablarse de largo -en ocasiones aburre de propósito para darse y darnos tiempo- y de Dickens podría decirse que nos hace viajar sin dejar nuestra mesa camilla tal y como fue mandatado el señor Pickwick por su club, viajes a los que les falta el paso nuevo. En esos asuntos, como en los de Fouché, Zweig se siente cómodo -como sus lectores-. Pero al hablar de Dostoiewski denota una falta de entereza que todo lector honesto reconoce a la legua -como el desmayo del soldado ante el pelotón de fusilamiento-.