Paco Mora


Don Claudio

09/01/2021

Cuando uno era apenas un chiquilicuatre circulaba por Albacete un dicío la mar de chusco que si no era vero era ven trovato. Franco fue a cazar varias veces a la finca del marqués de Larios, y un pastor tenía el encargo de abrirle la puerta de hierro al coche del caudillo y a los de la escolta, y el buen hombre galopaba los cerca de dos kilómetros hasta llegar a la casa echando el befo detrás del automóvil del jefe del Estado. Se decía que un día el generalísimo le mandó al chófer: «Pare y dígale a ese hombre que suba a su lado, que se va a reventar corriendo detrás de nosotros». Así lo hizo el conductor y Franco, abriendo su ventanilla, le dijo a aquel Mariano Haro improvisado: «Ande, ande, suba al lado del chófer, buen hombre». El pastor jadeando, inasequible al desaliento, le espetó al gran jefe: «No se preocupe, que yo estoy muy acostumbrado a correr detrás de los cabritos y no me canso». Y así se quedó tan pancho… 
Afirmaban también que el pastor de marras siempre se dirigía al general llamándole don Claudio, y como un día Franco le preguntara intrigado: «Oiga, buen hombre, ¿y por qué me llama usted don Claudio?». El infrascrito le respondió ni corto ni perezoso: “Señor, porque yo no le tengo tanta confianza como para llamarle Claudillo como todos los demás…». Y es que el alma del pueblo llano español nunca fue tan encorsetada y retorcida como la de los gerifaltes que lo han gobernado o desgobernado, que de todo ha habido en la viña de la política española en su larga y azarosa historia.
Me perdonara el amable lector que este espacio haya ido hoy de chascarrillo, pero es que tomarse en serio todo lo que está ocurriendo desde los Pirineos a Tarifa y de la raya de Portugal al Mediterráneo sería un despropósito.