«Lo que más recuerdo de Rusia era aquel frío de 40 ó 50 bajo cero, imposible de describir»

EMILIO FERNÁNDEZ
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Blas Sánchez, divisionario. - Foto: R. SERRALLÉ

«Con la población siempre nos llevamos bien, los rusos eran buena gente»

Usted se alistó en los primeros reemplazos de la División Azul. ¿Cuántos años tenía?
Tenía 22 años, nací en 1919, en Ontur. Y no me alisté en los primeros reemplazos, sino en el primero. Estuve 18 meses.
¿Y que lleva a un joven de 22 años, con toda la vida por delante, a irse al Frente del Este?
A que lo había pasado muy mal en la Guerra Civil. En el 36, éramos mi madre, mi hermana y los dos hermanos mayores. Teníamos tierras, y por aquel entonces a mi hermano mayor le tiraba la carrera militar. Se fue a Trujillo a casarse con su novia, y se fue con mi otro hermano de testigo. El 18 de julio, estaban allí, en Extremadura, así que cuando vinieron al pueblo a por ellos, no estaban, pero yo sí, y me llevaron. Después de muchas vueltas, acabé en Almería, preso y me salvé por muy poco después de padecer muchísimo, porque un comisario se apiadó de mi y me sacó, por las bravas, de la cárcel, y me llevó a su casa. Me escondió un tiempo, pero empezaron a sospechar de él, así que me tuve que ir, solo, con un pan casero, que fue lo único que me pudo dar su mujer. Me monté en un tren, era una locura, casi un suicidio, sin papeles, pero el revisor me escondió y, tras muchas vueltas, acabé en Tobarra, donde me escondí porque a mi madre y a mi hermana las tenían muy vigiladas y no pudieron salir de casa hasta que todo acabó.
¿Cómo se alistó?
Sin pensarlo, la verdad. Hacía dos años que había acabado la guerra, era el verano del 41, y un día pasó un camión por el pueblo, por Ontur, con un megáfono, pidiendo voluntarios para ir a luchar a Rusia. Yo iba con un primo y, sin dudarlo, nos apuntamos y nos subimos al camión. En aquella época, la verdad, yo estaba medio chalado, con una especie de rabia dentro y muchas ganas de meterme allí donde hubiese follón.
¿En qué frentes estuvo?
En la campaña del Volchov y en la zona del Lago Ilmen. Como ya le dije, estuve año y medio, así que regresé a España poco antes de la batalla de Krasny Bor.
¿Qué recuerda de esa época?
El frío. Días y días de 40 y 50 grados bajo cero. Por más que se lo contase y se lo describiese, hay que vivir ese frío para saber cómo era. Además, no estábamos preparados para aquellas temperaturas tan bajas. Alguien debió pensar que la campaña rusa iba a durar poco, y lo que teníamos no nos servía para abrigarnos. Para Albacete o para Alemania puede que nuestros abrigos sirviesen, pero para Rusia no.
¿Qué hacían para combatirlo?
Nos poníamos trapos o mantas cortadas a tiras sobre las botas para evitar la congelación. Y si encontrábamos algún ruso muerto, le quitábamos las botas, porque ellos si que estaban preparados. Precisamente, gracias a las botas de un cosaco muerto hice una amistad que me duró toda la vida con otro divisionario albaceteño, Raúl Rodríguez. Él era sanitario y un día nos encontramos un cosaco helado y duro como una piedra. Tenía unas botas fabulosas, de buen cuero, forradas de piel por dentro. Tuvimos una discusión tremenda para ver quién se las quedaba, casi llegamos a las manos. Pero al final llegamos a un acuerdo y nos turnamos para usarlas; cuando uno tenía que salir, se las llevaba, a condición de dejárselas al otro al volver. Ambos mantuvimos nuestra palabra, las usamos por turnos hasta que se cayeron a trozos. Y de ese acuerdo nació una amistad que duró hasta el día que Raúl se fue (se emociona al llegar a este punto y hay que parar un momento la entrevista).
¿Vio de cerca la muerte?
Todos la veíamos. Perdí dos compañeros en el mismo puesto avanzado. Uno se murió helado; pensé que se había dormido, y cuando le fuí a despertar descubrí que estaba muerto; a otro lo mató un francotirador de un disparo que nos hizo a través de la tronera del puesto. Y a mí no me tocó, aunque reconozco que, por aquel entonces estaba medio loco y me presentaba voluntario a todo. Hasta que un día mi teniente se hartó, me echó un buen rapapolvo por imprudente y me dijo ‘Blas, tú siempre detrás de mí, ¿te enteras? Siempre detrás de mí, es una orden’. Y, casualidades de la vida, eso lo salvó a él, el día que los rusos le dieron de lleno en las piernas con una ráfaga. Porque como iba detrás de él, a mi no me dieron y lo pude arrastrar por la nieve durante varios kilómetros hasta llevarlo a nuestras líneas.
¿Cómo se llevaban ustedes con los rusos?
Con la población rusa, de maravilla. No teníamos nada contra ellos, pensábamos que estábamos allí para salvarles del comunismo. Así que cuando veían que los que llegaban eran españoles, no alemanes, se alegraban muchísimo. ¡¡Ispanski, Ispanski!! decían al vernos. Algunos de nosotros nos echamos novia en Rusia, eran una mujeres de una belleza deslumbrante, hoy serían modelos. Y eran buena gente, buenas personas. Cuando me tocó volver, recuerdo que mi novia rusa se quiso venir conmigo. Vino a la estación del tren y, cuando creía que se iba a despedir de mí, ¡se subió al vagón! La pobre quería irse a España, pero no podía ser.
¿Y los soldados rusos? ¿Qué recuerdo tiene de ellos? ¿Eran tan duros como se dice en los libros?
Duros, sí que eran. Pero eran personas como nosotros y también hubo momentos como de la guerra de Miguel Gila. A ellos les volvían locos nuestros cigarrillos, sabe Dios qué fumarían ellos, madera casi, y hubo intercambios entre unas líneas y otras para que les pasásemos tabaco. Las guerras parecen todas distintas, pero los soldados nunca cambian.
¿Qué hizo al volver a España?
Cuando volví, mi madre quería que me quedase en Ontur, a hacerme cargo de las tierras. Mis hermanos habían hecho carrera fuera del pueblo, mi hermana se había casado, y ella no quería quedarse sola. Hice el examen para Guardia Civil, pero se enfadó tanto que tuve que renunciar. Un día, mi hermano el mayor me convenció para que hiciese unas oposiciones para entrar en la Maestranza de Albacete, y las saqué. Mi madre se disgustó, pero al final se resignó. Al menos, no salí de Albacete.
¿Mantuvo el contacto con los compañeros al volver?
Sí, claro, Albacete era más pequeño que ahora y todos nos veíamos. Pero no he sido precisamente de los más activos en la Hermandad de Albacete. He ido a los grandes actos, pero mi mujer nunca quiso participar.
¿Puedo preguntarle por qué?
Porque es republicana. Ella y toda su familia.
No me diga. Y, ¿cómo sucedió?
Como las cosas del cariño, sucedió porque sí, porque tenía que suceder, esas cosas no se eligen. Tuve una novia que iba para maestra, pero se murió de enfermedad. Pasé una racha malísima, casi me eché a perder. Un día, un amigo, por sacarme del agujero, me dijo que fuese a un baile a las Casas Baratas... y la encontré. Era 11 años más joven que yo, pero la saqué a bailar y ya fue para siempre, hasta hoy. Se casó conmigo contra todo y contra todos y sólo me puso una condición, en casa, de ciertas cosas, no se habla. Al principio fue muy duro, sobre todo para ella, pero con el tiempo las familias se fueron acercando. Es más, déjeme decirle que algunos de mis mejores recuerdos tienen que ver con mi suegro y mis cuñados, con los viajes que hacíamos a Alicante.
Me parece admirable. Y realmente excepcional.
Era ley de vida. Aquella Guerra Civil y todo lo que trajo consigo no solo partió un país, partió miles de vidas y lazos familiares. No solo hubo que rehacer un país, hubo que rehacer familias, amistades, sentimientos. Y no fue fácil, pero se hizo. No había alternativa, de verdad que no.