La urna y la calle

Antonio Pérez Henares
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La urna y la calle - Foto: José Manuel Vidal.

La izquierda española pretende ilegitimar los votos con algaradas y agitaciones extremistas

Los derechos de reunión y manifestación son inherentes y esenciales a la democracia, pero pretender que suplanten al derecho al voto es una aberración antidemocrática total. No hay nada más fascista ni más propio de tiranías, dictaduras o de cualquier forma de absolutismo totalitario que pretender que quienes hablen e implícitamente decidan, sean las calles. En democracia, quienes hablan y deciden son las urnas.
La proclama callejera, in crescendo estos días pasados, clamoreada por todos los tentáculos mediáticos afines a las izquierdas, y ya no solo de las antes consideradas extremas, hasta el punto de que el propio presidente del Gobierno la ha tuiteado, su fórmula favorita de doctrina, es, y hay que denunciarlo, una violación del principio y base de la democracia. Es, ha sido así a lo largo de la Historia, la excusa de quienes, a las urnas y al voto del pueblo soberano, le temen y si no les gusta el resultado, la opción es romperlas y pisotearlas. Y ello, da igual el color de la camisa que lleve quien lo proclame, es fascista, totalitario, estalinista o el apelativo que les venga en gana. 
El ya consumado movimiento telúrico de Andalucía que concluyó el pasado miércoles con Juan Manuel Moreno Bonilla, del PP, investido presidente de Andalucía, se ha producido por voluntad del pueblo andaluz que ha votado y elegido a 59 diputados que han votado en el Parlamento por él y que son nueve más que los que han votado en contra, 50. No es ni mucho menos una diferencia pequeña. Máxime cuando, antes de los comicios, la izquierda tenía una ventaja de 14 asientos. 
Una alternancia histórica en el poder, está de veras, pues era la única comunidad en toda España sin haberla experimentado en 37 años y era lógico que produjera una honda conmoción, pero lo preocupante, lo verdaderamente grave es que en democracia lo que no tiene cabida por los perdedores es el sarpullido de no aceptación del resultado adverso. Desde la misma noche en que éste se produjo, esa impugnación callejera del voto fue la consigna, en aquel momento solo de la ultra izquierda, pero ya después, cuando se produjo la sesión de investidura, apadrinada y fletada en autobuses por el PSOE y encabezada por algunos de sus cargos que entonces aún estaban en funciones, como la consejera Rosa Aguilar. Con el beneplácito ya mentado de Pedro Sánchez a nivel nacional y de Susana Díaz a escala autonómica. 
La izquierda española pretende ilegitimar los votos con algaradas y agitaciones extremistas. Este Rodea al Parlamento, asumido por el Partido Socialista no tiene precedentes en ese partido, piedra angular en nuestro pasado democrático actual. Es más, no lo tiene en ningún partido democrático en el resto de Europa. Aquí, por desgracia, algunos sí lo han intentado. La primera imagen que viene a la retina se produjo contra el Parlament catalán, cuando Artur Más era presidente, por parte de los ultrarradicales separatistas que ahora van de la mano con los que aquel día junto al resto de los diputados fueron coaccionados y hasta agredidos. Luego llegó Podemos, aunque para aquella intentona contra el Congreso, cuando aún no tenían escaños en la Carrera de San Jerónimo, hasta se pusieron un poco de perfil para disimular autoría y plumero. Ahora, la epidemia parece empezar a avanzar también por la piel socialista.
Porque lo que late en el fondo, lo que no solo permanece, sino que parece ir mutando y prevaleciendo, incluso en buena parte de la izquierda (Óscar Puente en tantas ocasiones criticable ha sido esta vez excepción positiva), es la pretensión de suplantación del sufragio por la calle. La aberración es pretender colocar por encima de la voluntad del pueblo libremente expresada, a cualquier otro derecho, como el de manifestación, que nadie pone en cuestión, pero que en absoluto puede imponerse a ese primordial y esencial depositado con toda garantía, persona a persona y por la sociedad entera (abstenerse es también un lícito que cuenta) en una urna.
España, y cada día que pasa más, no solo está olvidando las claves de respeto, tolerancia y acuerdo, base de la Transición: derechos y libertades que son patrimonio de todos, pero sin excepción de todos, y que acaban justamente, y de acuerdo a ley, donde comienzan los de los demás. Parece que aún es peor, pero que viene de seguido y en consonancia con lo anterior. Una parte de los españoles está olvidando y algunos no hacen sino alentar tal ignorancia y agitarla, los principios esenciales de la Democracia, los pilares maestros en los que se sustenta. Cómo lo que significa un voto.