Los otros moradores del Valle de los Caídos

J.G.
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Los restos mortales de al menos 65 albacetenses, en su mayoría del bando republicano, permanecen en Cuelgamuros

Imagen de archivo del Valle de los Caídos. - Foto: Mariscal (EFE)

La exhumación de los restos de Francisco Franco del Valle de los Caídos ha vuelto a traer a la actualidad este proyecto megalómano del régimem franquista. Fue en 1958 cuando el ministro de la Gobernación, Camilo Alonso Vega, dio instrucciones al gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de Albacete, Santiago Guillén, para que a la mayor brevedad enviara a Cuelgamuros el mayor número posible de cadáveres de patriotas para poblar las sepulturas de la cripta. Un llamamiento que se realizó a todas las provincias españolas.
Guillén remitió una circular a todos los alcaldes de la provincia el 26 de mayo de 1958 para que enviasen los cuerpos con la correspondiente autorización de la familia. Sin embargo, la iniciativa de llenar el Valle de los Caídos con muertos del bando nacional no dio los resultados esperados, como explica el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Castilla-La Mancha, Manuel Ortiz. «Franco se dirigió a todos los Ayuntamientos pidiendo muertos franquistas, pero la mayoría de las familias prefería tener a sus seres queridos en el cementerio de su pueblo, por lo que echó mano de los republicanos». Según la web Memoria Democrática de Albacete, los cuerpos de 65 personas de la provincia fueron enviados a Madrid con el fin de ser enterrados en la nueva basílica construida en el Valle de Cuelgamuros. «La mayoría de los cuerpos que fueron enviados al Valle de los Caídos eran de personas desconocidas, víctimas de la represión, los franquistas eran una minoría».
Por tanto, el catedrático afirma, que «la mayor parte de los cuerpos fueron trasladados sin la autorización de los familiares». De los 65 cadáveres de la provincia catalogados, 51 fueron aportados por la capital, ocho por Chinchilla, tres de Tobarra, uno de Almansa, otro de Letur y uno más de La Roda. Ortiz admite que «si hubo personas que enviaron a sus familiares voluntariamente y estaban encantadas con la idea, pero fueron una minoría». El enterrar a fallecidos de ambos bandos permitió a Franco, según Ortiz, vender al mundo el Valle de los Caídos como un cementerio de la Guerra Civil y no como su mausoleo, pero «es una falacia, nadie quiere estar enterrado con su verdugo».

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