¿Ni un crespón en un balcón?

Antonio Pérez Henares
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Los aplausos a las personas que cumplen con su deber arriesgando sus vidas deben ir acompañados de una señal de luto por las víctimas del coronavirus

¿Ni un crespón en un balcón? - Foto: Carlos Barba

En la loa generalizada, a la que me uno sin reservas y con entusiasmo, a quienes en verdad y primera línea, desde el personal sanitario a las cajeras del supermercado pasando por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, los militares o los camioneros, están dando lección continua de cumplimiento, en ocasiones bien sobrepasado, del deber, empiezo a echar en falta de manera creciente un elemento que cada vez me corroe más. Porque puede que sea el peor síntoma para una sociedad. ¿Por las decenas de miles de muertos no hay duelo, no hay ni siquiera un crespón en un balcón?
Que el Gobierno y sus altavoces mediáticos se hayan lanzado desbocados a la tarea, para ellos esencial, de silenciar y esconder las evidencias terribles de la pandemia (¿mala conciencia tal vez?), ocultando desde los muertos, que son más del doble y se sabrá, se está sabiendo ya, de los que oficialmente pretenden establecer como tal, a todo el dolor, impacto, tristeza, lágrima o destrozo familiar que todos y cada uno suponen. Lo digo y lo repito. La consigna es feroz: Los muertos solo son estadística, que no salgan por televisión. La excusa: no hay que deprimir al personal. No hay que hacer morbo. Eso solo cuando el ébola, la no muerta y el perro.


Sin morbo

Pero no es morbo, es mínimo respeto, mínima humanidad, mínima empatía con el dolor, mínimo cariño y compasión con la pena de los demás. En decenas de miles de balcones de toda España no hay aplausos, hay silencio. Porque hay decenas de miles de familias que han perdido a alguien de los suyos. No le han podido en muchos casos ni darle un ultimo adiós, ni siquiera acudir a su entierro, ni menos aún compartir con los allegados el duelo. Y eso, nada de eso, está saliendo en televisión. Nada de eso parece siquiera emerger en un balcón, como muestra de solidaridad, de compartir el sentimiento de dolor.
Cierto es que el confinamiento, necesario y vital, impone ese aislamiento e impide esas muestras colectivas pero, me pregunto, ¿existe?, ¿está ahora silente pero aflorará cuando tenga la oportunidad de hacerlo? Supongo que sí, pero creo que algo ya podía haber aflorado. Y otra pregunta, ¿se ha anestesiado de tal forma a nuestra sociedad, ha alcanzado tal grado de insensibilidad y egocentrismo, se ha convertido en algo que ya carece de la más humana de las pulsiones, la compasión; Ese impulso de sentirse concernido por lo que le sucede a quienes comparten un edificio, un pueblo, una ciudad o una nación con el? ¿Lo hemos perdido los españoles?
Espero, deseo fervientemente y, es más, estoy convencido en lo más profundo que no. Creo que no. Que a pesar de que se nos estén administrando, y algo cale, barbitúricos televisados a mansalva para que caigamos en el sopor mental y nuestras emociones se circunscriban a las lágrimas de una famosa en Supervivientes, pervive en nuestra piel y en nuestro corazón la verdadera y primera condición de la Humanidad. Pues si somos tal, es por amén de ser para lo malo, la única especie animal capaz de lo peor, el asesinato premeditado de un semejante por pura maldad. Somos también únicos en ser capaces de entregar hasta la vida por intentar salvar la de un semejante o incluso de recuperar su cadáver. El hombre es hombre, y es humanidad, por ello. No creo que la degeneración de la especie y la pérdida de sus valores haya llegado hasta aquí. Y creo, aún menos, que los españoles seamos de los más afectados por ese otro virus destructivo y letal.
Sentiré que no me equivoco, que mi temor no estaba fundado, que seguimos siendo ese pueblo magnífico y que sabe querer, compartir, reír y , también, sufrir juntos, cuando vea algún crespón en un balcón. Una señal de tristeza y de dolor. Sí. Pero será un alivio el saberlo compartido.