Retratos de África en Albacete

A.G
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Mujeres de Costa de Marfil, Nigeria, Senegal y Malí, completamente integradas en la ciudad, dicen no apreciar la xenofobia y sentirse satisfechas por poder trabajar en el campo o en los cuidados

Aissa Diallo, de Costa de Marfil. - Foto: Rubén Serrallé

Muchas son las voces que significan que las mujeres inmigrantes están doblemente discriminadas: por ser mujeres y por ser migrantes. Mayoritariamente, las reivindicaciones y demandas del 8-M pasan de soslayo por la situación de este colectivo y aunque cierto es que cada vez están menos invisibilizadas, sus reclamaciones no se encuentran en la parrilla de salida.
Dentro de su acción de ayuda y acompañamiento, el Colectivo de Apoyo al Inmigrante de Albacete atiende en estos momentos a unas 75 mujeres procedentes de África, todas ellas demandantes de clases de castellano, la primera dificultad, el idioma, con el que se enfrentan nada más pisar tierra española. «Aprender español facilita su integración y evita mediaciones entre ellas y las gestiones y trámites que tengan que realizar, por ejemplo, en el colegio, en el médico, en una administración pública...», explica Eva Sánchez. Saber español también mejora la búsqueda de empleo y aunque Eva Sánchez enfatiza en que las mujeres africanas tienen los mismos problemas que cualquier persona humana del mundo, admite que en Albacete «todavía hay racismo por el tono de la piel». La gran mayoría de ellas abandonan sus países de origen dentro de los programas de reagrupación familiar y todas coinciden en la imagen distorsionada que Europa tiene del continente africano, donde, por un lado, «están los moros» y, por otro, «los negros».
Desde el Colectivo de Apoyo al Inmigrante se les da amistad, cariño y calor humano: «Hay mucha gente que piensa que las mujeres migrantes necesitan muchas cosas, pero no son necesidades distintas a las que tenemos las demás; la única diferencia es la soledad que sufren, porque en sus países dejan hijos, padres, hermanos…, el resto de carencias son las mismas que tienen los demás ciudadanos, sean de donde sean».
Según el criterio de Eva Sánchez, que lleva años trabajando con el colectivo de inmigrantes, si bien es cierto que el color de la piel «no se ha superado del todo» en los países del llamado Primera Mundo, lo que verdaderamente ha surgido con fuerza es la aporofobia, el rechazo, la aversión, el temor y el desprecio hacia el pobre y todo lo que le rodea.