Libros que salvan niños

Maite Martínez Blanco
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El dinero que la librería Aida&Book cosecha en la ciudad permite que niños enfermos de Guinea Bissau vivan al ser operados en Europa

Una joven entrega un lote de libros donados a Aida&Book, librería gestionada por voluntarios. - Foto: José Miguel Esparcia

En Albacete venden libros usados por un euro. Con ese euro, niños de Guinea Bissau aquejados de cardiopatías incurables en ese país africano por falta de medios son operados en hospitales europeos. Esta es la síntesis de lo que es Aida Books and More, una librería solidaria que abrió sus puertas en Albacete hace unos meses, en el número 2 de la calle San Julián. 
En un coqueto local se puede encontrar desde un ejemplar de La Regenta a un libro de Terenci Moix o amplias colecciones de libros infantiles y juveniles, por precios que van de uno a cinco euros. Abren mañana y tarde, incluso los domingos. La librería es atendida en exclusiva por voluntarios como Estefania Córdoba, una joven licenciada en Derecho, que mientras estudia inglés y busca activamente trabajo, echa una mano en Aida Books. «Somos unos 30 voluntarios, todos tenemos en común que nos gusta ayudar y la pasión por los libros», cuenta esta joven desde detrás del mostrador de la tienda. 
Su labor es vital para cumplir una de las muchas misiones que afronta Ayuda, Intercambio y Desarrollo (AIDA), una oenegé fundada hace 20 años por dos cooperantes que trabajaban sobre el terreno en Asia. Un día de 1999, Javier Gila, un politólogo de raíces albaceteñas, se encontró con que el proyecto para la oenegé que trabajaba en Vietnam alcanzaba su fin. Se tropezó con otra española en una situación parecida y así surgió AIDA, una oenegé que nació con una clara vocación asiática, pero que terminó expandiéndose a otros países. Han llegado a tener proyectos en 14 países, aunque actualmente trabajan en Guinea Bissau, Senegal, Marruecos, Líbano, India y Bangladesh. Su misión siempre ha sido contribuir al desarrollo de las familias sobre todo del medio rural. 
«Hay pobres en las afueras de las grandes ciudades, pero los pobres de los pobres están en zonas rurales, nosotros conocíamos esa realidad y nuestro objetivo era emprender proyectos de desarrollo socieconómico en esas zonas aisladas, donde no llegan los caminos», relata Gila, al rememorar los comienzos de AIDA. 
las mujeres son clave. Con el empeño de aumentar los ingresos familiares, promovieron la creación de cooperativas agrarias y enseñaron técnicas de acuicultura en comunidades rurales de Vietnam. Trabajaron con familias, les enseñaron a criar peces y cultivar huertas, «con eso mejoraban su alimentación, el pescado es una fuente de proteínas que no son siempre fáciles de conseguir en países pobres, pero además vendían los excedentes y obtenían algo de ingresos». La participación de las mujeres, cuenta Gila, era fundamental, «si ellas tienen un trabajo sabes que el dinero que ganen irá para sus hijos, para mejorar su sanidad, la casa en la que viven y si sobra algo lo ahorrarán para el futuro; con los hombres no siempre se tiene esa certeza».
Y con esta filosofía inicial, AIDA creció y así aterrizaron en Guinea Bissau, la antigua colonia portuguesa, encajada entre Senegal y Guinea, a orillas del Atlántico, que tiene en el cultivo del anacardo su principal fuente de ingresos. Empezaron ayudando a los pescadores tradicionales, pero una vez sobre el terreno se tropezaron con otros problemas brutales, como la alta tasa de Sida o las dificultades para acceder a la sanidad de la población más pobre. 
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