De los insultos a los escupitajos

Enrique Rodríguez (EFE)
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De los insultos a los escupitajos

La XII Legislatura se está caracterizando por una gran crispación en la que no han faltado momentos de tensión, debates incómodos, graves acusaciones e improperios entre diputados

Desde siempre ha habido refriegas en el Congreso y aunque hace mucho tiempo que no se llega a las manos ni se esgrimen pistolas, como en aquel incidente de Indalecio Prieto durante la República, el tono áspero ha subido, y mucho, y eso que aún queda por delante todo 2019, año repleto de citas electorales.
El 2018 se cerró en la Cámara Baja con el espejismo de dos diputados de fuerzas opuestas, Podemos y el PP, lanzándose carantoñas de un lado a otro de la bancada.
Los buenos deseos navideños de Alberto Rodríguez y Alfonso Candón han sido la excepción después de meses de crispación constante. Y lo que queda, a poco más de cinco meses de las elecciones europeas, municipales, autonómicas y, quien sabe, si generales.
El momento culminante de esa escalada de tensión parlamentaria llegó el pasado 21 de noviembre, cuando en apenas unos minutos se expulsó a un diputado del Hemiciclo -solo ha ocurrido dos veces en democracia- y un ministro -nada menos-, Josep Borrell, denunció haber recibido un escupitajo.
La expulsión del diputado de ERC Gabriel Rufián quedará para siempre en los feos anales del parlamentarismo, pero no así el salivazo «fantasma» reclamado por Josep Borrell y que nadie acertó a ver en el momento.
Ana Pastor, árbitro de esta legislatura tan convulsa, anunció una investigación interna que tuvo que cerrar por falta de pruebas.
El catalán, animador indiscutible de la legislatura, ha estado presente de alguna u otra forma en casi todos los rifirrafes de los últimos tiempos del Congreso.
Especial virulencia tuvo el cara a cara que mantuvo en septiembre con el expresidente del Gobierno José María Aznar, que volvía al Congreso para dar explicaciones sobre la supuesta financiación ilegal del PP después de 14 años alejado de la primera línea política.
Rufián tildó al exjefe popular de «señor de la guerra» por la intervención en Irak y de no tener «vergüenza» por ser el presidente de un partido «fundado por golpistas del año 36» que, además, tiene decenas de cargos condenados por corrupción.
Golpista le llamó también Aznar a Rufián, por representar a un partido como ERC «que quiere destruir el orden constitucional» en España y con personas en prisión acusadas de rebelión y sedición.
Y es que golpista o fascista son calificativos gruesos que ya son de uso común en la Cámara.
La presidenta del Congreso ha ordenado que se retiren del diario de sesiones cada vez que se pronuncien este tipo de expresiones.
Imbécil ha sido otro apelativo de nuevo cuño en el parlamentarismo de 2018, dirigido -como no- a Gabriel Rufián.
La diputada del PP Beatriz Escudero, en un ataque de espontaneidad poco común en la Cámara, se lo llamó a la cara al diputado de ERC, después de que éste, la tildara de palmera y, al parecer, le guiñara un ojo.
Con estos precedentes, este 2019 se presenta sombrío. Este mismo invierno comenzará el juicio a los líderes independentistas catalanes, y el Congreso se pondrá ya en modo electoral, nada favorable a los acuerdos y a los consensos, tampoco para la actividad legislativa, ya de por sí bastante raquítica.
Desde la moción de censura se ha pasado de los vetos del Gobierno de Mariano Rajoy a las iniciativas parlamentarias de la oposición, al bloqueo sistemático de los proyectos de ley con la ampliación sucesiva de los plazos de enmiendas.
A día de hoy, solo en el Congreso hay más de 40 iniciativas paralizadas por este sistema.
El caso más paradigmático es la reforma de la Ley de Estabilidad Presupuestaria que busca sortear el veto del Senado a los objetivos de déficit y que lleva empantanada desde hace meses.
Y resulta paradójico es la reforma del Reglamento del Congreso planteada por el PSOE el pasado octubre para evitar que una minoría de la Cámara -el PP y Cs- puedan bloquear la tramitación ampliando los plazos de enmiendas.
Como la pescadilla que se muerde la cola, la iniciativa ha caído en la trampa que intenta evitar. Ya lleva cuatro prórrogas y solo para las enmiendas de totalidad.
En este escenario parlamentario nada favorable, el Gobierno insiste en agotar la legislatura y mantiene su compromiso de traer los presupuestos al Congreso durante este mes de enero para que puedan entrar en vigor antes de la primavera.
Para conseguirlo, Pedro Sánchez tendrá que volver a atraerse el apoyo del bloque que le dio el triunfo en la moción de la censura.
Objetivo muy complejo con el juicio del procés a la vuelta de la esquina, en pleno período preelectoral y con un nuevo actor político que agita el avispero: Vox.