La general zozobra

Antonio Pérez Henares
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La general zozobra - Foto: Javier Lizón

España vive tiempos convulsos por la pérdida de los valores que nos han permitido progresar

El peor de los síntomas en la actual situación que atraviesa España es la creciente inseguridad que se está apoderando de las gentes. Una pérdida galopante de confianza, de seguridad e, incluso, de estabilidad que no había tenido lugar en los ya 40 años que la nación lleva disfrutando del sistema democrático. El país ha atravesado durante este período por momentos de tensión máxima, de incertidumbre y hasta de verse cerca de precipicios, y no solo económicos, que de esos también hubo. Pero había en el conjunto de la ciudadanía una confianza, si se quiere subconsciente, pero muy arraigada, una sensación compartida de que el suelo y los pilares estaban firmes, aguantaban. Y eso es lo que se está esfumando por todos los sitios, cada día y en todas las referencias.
La primera, el propio sistema democrático. Sus principios, sus valores, sus leyes, empezando por la ley de leyes, la propia Constitución. De inmediato, y añadido a ello, llega lo que ahí se sustenta: derechos y libertades, pero de todos, y que por ello alcanzan hasta allí donde conculcan los derechos y libertades ajenos y que, por tanto, van totalmente unidos a deberes y obligaciones. Los puntos cardinales, las cuatro verdades, los ejes esenciales, el aire que todos respiramos. Y eso es algo que de manera muy creciente nuestra sociedad parece haber olvidado, perdido en el camino y que ha cambiado por una humareda cada vez más envolvente. 
Porque, lo que ha olvidado de manera insensata e inaudita por tener el ayer tan cerca y está en el origen de todo el dislate es no poner en valor lo que ahora tenemos, de lo que gozamos. En España pero también en toda la Europa más desarrollada. Lo que tenemos se contempla como la mayor de la porquerías, algo deleznable, repulsivo, que produce arcada y vómito. Y ni siquiera el mirar fuera, el observar lo que es en verdad miseria, hambruna, violencia y guerra nos lleva a valorar en un ápice lo que tenemos porque a lo largo de tanto esfuerzo, sudor y lágrimas se ha conseguido. España vive tiempos convulsos por la pérdida de los valores que tanto nos han hecho progresar. Un algo de nihilismo ciego y suicida parece mover ciertas voluntades que arrastran a otras muchas y de manera cada vez más encrespada.
Estas son las mayores, lo que se mueve en la superestructura. Pero es en las menores en lo que cada día y a cada instancia se detecta y, por todos los poros, como se deteriora a paso ligero lo que es el sencillo convivir entre las gentes, como todo se pisotea, se hace añicos, se pone patas arriba con impunidad e impotencia.