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Ángel Villarino

RATAS DE DOS PATAS

Ángel Villarino


Hong Kong ya no es una isla

31/12/2021

La primera vez que estuve en Hong Kong llegué de noche y me quedé a dormir en las Chungking Mansions, en una pensión en la que la taza del váter estaba encajada en los pies de la cama y rebasaba el colchón. Los ruidos de la colmena se colaban por las rendijas de la pared y el cemento parecía crujir con el viento. Me entretuve leyendo 'El puerto de los aromas' de John Lanchester hasta que me pudo el sueño. A la mañana siguiente recorrí  la ciudad y me quedé fascinado. Después volví muchas veces e incluso preparé un plan para mudarme a una de sus islas más alejadas, a Lantau, donde una madrugada me topé con un búfalo de agua mientras intentaba encontrar internet para mandar una crónica.
Hong Kong era exótica como Bombay y urbana como Nueva York, libérrima y divertida, un Manhattan con clima tropical y los mejores restaurantes cantoneses del mundo. Sus discotecas abrían hasta el amanecer y seguían por la mañana para la comunidad de asistentas filipinas que solo podían escaparse a bailar durante el día. Era un torbellino tecnológico con vapores de comida picante, con vuelos baratos a cientos de destinos y parques con árboles frutales que crecen en las montañas y chocan con los rascacielos.
Me dicen que ha cambiado tanto que ya es irreconocible. El gobierno chino está destruyendo incluso las estatuas de la libertad que se levantaron para materializar la idea de un 'un país, dos sistemas' bajo la que el Reino Unido cedió su soberanía. La mutación es política y es demográfica. Es cultural y es social. Muchos hongkoneses buscan trabajo fuera y la mayoría de los occidentales se están marchando. Sus espacios los ocupan trabajadores, empresarios y funcionarios llegados del continente. La ciudad que conocí está sentenciada y ya no hay paraguas que plante cara. La apisonadora pekinesa continúa inexorable y no parará aquí. Cualquier día nos informan de que Hong Kong ni siquiera es una isla.