Del odio al amor en apenas 48 horas

SPC-Agencias
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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias han pasado de la desconfianza a pactar un preacuerdo para unirse en un Gobierno de coalición que ya estuvo sobre la mesa tras el 28-A

Los ahora socios han tenido fuertes encontronazos en el Congreso de los Diputados. - Foto: Ballesteros (EFE)

El pacto firmado por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias puede que haya batido algún récord por firmarse dos días después de la cita con las urnas, pero también podría pasar a la Historia por no haberse rubricado seis meses antes y sin una repetición electoral de por medio. El 10-N, el electorado los castigaba a ambos -760.000 apoyos menos para los socialistas y una bajada de medio millón de votos para la formación morada- y hacía más complicadas las sumas para la investidura de Sánchez. Pero, además, el mapa político cambiaba -y mucho- por la derecha, con el desplome de Ciudadanos y, sobre todo, con el auge de Vox hasta colocarse como tercera fuerza política. Todo un shock, especialmente el crecimiento de la fuerza de Santiago Abascal, que, según defienden desde Ferraz, ha hecho reaccionar, esta vez sí, tanto al presidente del Gobierno en funciones como al líder de Podemos.
En una de las salas nobles del Congreso, Sánchez e Iglesias se fundieron en un abrazo tras firmar el preacuerdo y aseguraron, de manera solemne, que dejaban atrás sus desencuentros. Borrón y cuenta nueva... Y es que mucho van a tener que olvidar ambos, porque mucha ha sido la tensión y muy sonado el fracaso del diálogo que llevó a la repetición de los comicios. Muchos sapos y culebras -sobre lo que han dicho uno del otro- se van a tener que tragar ambos.
Pedro Sánchez nunca quiso un Ejecutivo bicolor. «La coalición, por la vocación de cogobernar de Podemos, habría sido un fracaso y habría conducido en unas meses a unas nuevas elecciones», apuntó en campaña. Antes, en plenas negociaciones tras el 28-A, solo cedió a negociar la entrada de miembros de Podemos en el Gabinete cuando Iglesias renunció a estar en el Consejo de Ministros. Pero tampoco entonces hubo acuerdo.
Cuando el fracaso de las negociaciones era un hecho y los españoles estaban llamados de nuevo a las urnas, el líder socialista soltó aquella reflexión que estos días se ha repetido hasta la saciedad: «Podría ser ahora presidente de haber aceptado que el Ministerio de Hacienda, Cambio Climático o Seguridad Social lo gestionara una persona del círculo de Iglesias, con poca experiencia». Pero sería un presidente del Gobierno que no dormiría por las noches. Como no lo haría tampoco el 95 por ciento de los ciudadanos de este país».
«¿Sabe cuántas veces me ha llamado por teléfono desde la investidura fallida? Cero. Un mensaje felicitándome por mi paternidad, y se lo agradezco... ¿Pero  cree que es serio que desde la investidura fallida no hayamos hablado por teléfono ni una sola vez?». El reproche se lo lanzó Iglesias al líder socialista en el Congreso el pasado mes de septiembre para intentar culparle del fracaso de las negociaciones. El dirigente morado siempre insistió en que la coalición era la única vía de acuerdo, y no se cansó de decir que tenía que estar en el Gabinete porque no se fiaba de Sánchez. Y es que, más allá de sus desencuentros políticos, personalmente la relación entre ellos tampoco es buena, precisamente, por la nula confianza que se despiertan mutuamente. Los dos consideran que, en algún momento, el otro les ha traicionado. Y ni olvidan ni perdonan.

«Sí o sí»

La noche electoral, desde la calle Ferraz, Sánchez saludaba a la militancia con mucha menos euforia que en abril aunque prometiendo que «esta vez» habría, «sí o sí», un Gobierno progresista. Es posible que en ese momento, ya tuviera claro que tocaba ceder y dejar a Podemos entrar en el Gobierno, o incluso ya lo había asumido antes, porque en campaña prometió que 48 horas después de las elecciones pondría sobre la mesa una propuesta. Y, esta vez, lo cumplió.
Así que después de tantos desencuentros y reproches, de acusaciones mutuas de bloqueo, de dos elecciones y una investidura fallida, los líderes de PSOE y Podemos quieren mostrarse ahora como dos socios ejemplares. En un pacto que se ha firmado 48 horas después de los comicios, pero que ha llegado 196 días después del 28 de abril. Como bien apuntó Pablo Casado -quien por cierto ya no se verá en la encrucijada de plantearse la abstención porque nadie se lo va a pedir-, «para este viaje no hacían falta alforjas».