«Debemos impedir que los políticos utilicen la Guerra Civil»

Diego Farto
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Entrevista a Fernando del Rey, catedrático de Historia de la Universidad Complutense. Autor del libro 'Retaguardia Roja'.

Fernando del Rey, catedrático de Historia de la Universidad Complutense. - Foto: Rueda Villaverde

Nacido en La Solana, el historiador Fernando del Rey Reguillo lleva varias semanas en el candelero con la publicación del libro Retaguardia roja. Violencia y revolución en la Guerra Civil Española. Esta obra realiza un pormenorizado estudio de los mecanismos de la represión política durante el conflicto de 1936-1939 en la provincia de Ciudad Real, consigue interesantes conclusiones sobre el desarrollo de la violencia contra los simpatizantes de las derechas. Del Rey, que es catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, imparte en su Facultad de Ciencias Políticas y Sociología la materia de Historia del Pensamiento Político y de los Movimientos Sociales. Su especialidad de investigación a lo largo de los años ha sido la violencia en el ámbito político, en especial, durante el conflictivo siglo XX. Fernando del Rey estuvo la pasada semana en Ciudad Real para realizar la presentación de este libro, un acto en el que estuvo secundado por los también historiadores José María Barreda, expresidente de Castilla-La Mancha y profesor de Historia en la Universidad de Castilla-La Mancha, y Francisco Alía, catedrático de Historia Contemporánea en la misma institución académica. El revuelo que ha levantado con su obra hace que se haya convertido en un experto en entrevistas y también que se haya llevado algún disgusto al descubrir el sesgo que en ocasiones se ha dado a sus palabras.
¿Cómo surge esta obra sobre lo que fue la represión en la retaguardia republicana?
Inicialmente, cuando empecé a investigar sobre estos temas no tenía intención de escribir un libro ni nada parecido, sino simplemente tenía curiosidad por lo que había ocurrido en mi entorno y por el interés de historiador cuando oye hablar de tantas cosas de forma cotidiana de la vida de mis abuelos, de mis tíos o de mis padres... Al principio de los años 90, aprovechando mis ratos libres, cuando iba a La Solana buscaba en el archivo municipal y empecé a hacer entrevistas… Poco a poco me fui dando cuenta de que había una historia que contar. Luego ya, a principios de este siglo, en 2001 o 2002, tomé conciencia de que había una temática de interés y que iba más allá del ámbito local. Entonces me dediqué a estudiar los años 30 en España en general y en Europa y, en concreto, temas relacionados con la violencia política.
¿De qué forma fue surgiendo ese relato de la Guerra Civil?
Esto es un trabajo empírico bajo la idea de que un historiador debe ser fiel a las fuentes. Me di cuenta estudiando la historia en micro, que muchas de las ideas generales sobre la represión de retaguardia en esta zona, no se ajustaban mucho a lo que había ocurrido. El estereotipo al uso es que era una violencia incontrolada, surgida de una forma espontánea y yo me fui percatando de que la cosa era mucho más compleja.
¿Señala que la violencia estuvo más organizada de lo que se pensaba?, ¿quién empezó a darle forma?
Ocurre todo muy deprisa, pero es la consecuencia de la violencia que surge en la retaguardia. En el fondo, durante los primeros meses se parecen bastante las dos represiones. Todo deriva del hundimiento de los poderes públicos que provoca el golpe de estado, que liquida el monopolio sobre la violencia que tiene el Gobierno. En el momento en que una parte del Ejército se subleva contra la legalidad crea un vacío de poder y es cuando el Gobierno recurre a armar a las organizaciones del Frente Popular. En ese contexto que abre el golpe se inician esas tácticas de ‘limpieza política’ de la retaguardia. La guerra civil es una guerra donde el territorio no está definido hasta que pasa un cierto tiempo y donde tu vecino puede ser tu máximo enemigo. A partir de principios de agosto la situación ya escapa del control de los gobernadores civiles en el conjunto de las provincias. Se constituyen órganos revolucionarios que configuran una nueva realidad política. Así se empieza a perseguir a religiosos.
¿Qué pasó para que en unos pueblos la violencia fuera extrema y en otros se mantuviera el control por las autoridades?
Lo que sale en la investigación es que la limpieza de elementos de derecha se concentra en los pueblos más grandes de la parte oriental de la provincia, el triángulo que dibujan entre Ciudad Real capital, Alcázar de San Juan y Valdepeñas. Es una zona que tiene unas condiciones muy distintas de la parte sur de la provincia y todo el valle de Alcudia. Es una zona de pequeña y mediana propiedad, hay algún latifundio; es zona de clase media y donde la derecha política es muy fuerte, incluso en términos electorales, aunque también nos encontramos algunos pueblos en los que hay un socialismo fuerte. También la represión se da en las zonas mejor comunicadas, llega la carretera de Andalucía o la carretera nacional de Extremadura a Valencia, por donde va todo el trasiego de convoyes militares, milicias, también por ahí va el ferrocarril. Por ahí también afluyen los refugiados que llegan de Andalucía o Extremadura y todo ello va dibujando la geografía de la violencia. Es muy curioso observar, en términos generales, cómo las matanzas eran más raras en pueblos pequeños o en pueblos intermedios, salvo excepciones como puede ser Castellar de Santiago. En el libro destaco el hecho de que las pequeñas comunidades rurales hacen piña, sean de derechas o de izquierdas, frente a un contexto bélico que viene del exterior y que poco o nada tiene que ver con la realidad local. Y hay otra cosa que también cuenta, que son los liderazgos concretos. La presencia de un líder radical incrementa la violencia y la de un líder moderado la frena.
¿El Gobierno intentó parar esa violencia o se aprovechó de ella?
En una primera fase, el gobierno de Giral se ve absolutamente desbordado, no tiene ninguna implicación directa en la violencia, ninguna. Otra cosa es que al principio se hagan llamamientos desde el Gobierno y desde los partidos afines invitando a los ciudadanos a hacer frente a los golpistas. Esa movilización se les escapa de las manos, sobre todo cuando emergen esos poderes nuevos que forman los comités y las milicias. En Ciudad Real se ve muy bien, el gobernador civil no pinta absolutamente nada, se ve cómo intenta controlar la situación y manda concentrar a los presos en la capital provincial, pero los poderes que están por abajo y que se suponen que están sosteniendo lo que representa el gobernador, actúan en sentido contrario. Cuando llega un tren procedente de Alcázar de San Juan con unos 40 presos, a principios de agosto, al llegar a Ciudad Real los bajan y los asesinan. El gobernador había ordenado que fueran trasladados a la capital pero para ser encarcelados, protegiendo sus vidas, pensaba que estarían más seguros en la prisión provincial que en las cárceles locales. Es muy significativo cómo se le adelantan los comités de Alcázar de San Juan y Tomelloso, en connivencia con los de la capital provincial y hacen una ‘limpia’ sin tener en cuenta lo que el gobernador había ordenado a sus subordinados.
¿Y más adelante?
La posición del segundo Ejecutivo de la República es más compleja, se observa que en la práctica no hace nada. Un líder con un amplio reconocimiento y un enorme ascendiente sobre las organizaciones obreras y los socialistas en particular, como Largo Caballero, no fue capaz de intervenir. En su gobierno hay un dejar hacer, que se puede ver en las famosas sacas de Paracuellos del Jarama, en Madrid. Eso no quiere decir que fuera el Gobierno en su conjunto, pero la investigación de varios historiadores ha demostrado que hay dos ministros de entonces implicados en las matanzas, son Ángel Galarza, antiguo republicano radical socialista; y Juan García Olíver, uno de los líderes históricos de la CNT, que era ministro de Justicia. La inacción por parte del Gobierno de Largo Caballero en su conjunto se acaba porque hay gente dentro del Consejo que se opone, como Irujo. Se pone fin a las matanzas que empiezan a descender a partir de diciembre. Pero, por otro lado, ocurre otra cosa, y es que no se puede ver a los comités y a los diferentes partidos que los integran como bloques cohesionados. Eso es un error que han tenido numerosas investigaciones. Es decir, que hay un debate interno y mucha gente que se opone a las matanzas, que las critica y las cuestiona pero frente a los más radicales esta gente acaba perdiendo la batalla durante unos meses. Al final, las matanzas se paran en la retaguardia en esta provincia porque socialistas y republicanos están jugándose la vida para frenar a los más radicales en un momento en el que el Gobierno, a finales de año, apuesta claramente por pararlas porque la imagen de la República se estaba viendo muy golpeada en el exterior.
¿Quienes protagonizan esas matanzas?
Por lo general, los sectores más radicalizados, que ya lo estaban previamente o se radicalizan durante la guerra. Una de las características que tienen en común, por lo menos en el caso de los socialistas, e insisto en que son un segmento del socialismo, no todos ellos, son aquellos que se lanzaron en la revolución de octubre de 1934, que fueron reprimidos como consecuencia de ello y pasaron por la cárcel, al menos al nivel de los dirigentes y en general aquellos que habían tenido un protagonismo público muy marcado en los momentos de enconamiento, de conflictividad en los pueblos.
¿En qué medida lo que se cuenta hoy en día sobre la Guerra Civil está distorsionado por posiciones políticas previas?
Hay de todo. La producción historiográfica sobre la Guerra Civil ha sido espectacular, hay libros buenísimos, también sobre la provincia hay una estupenda historia de la Guerra Civil de Francisco Alía. En términos académicos hay estudios muy buenos. Otra cosa es que por razones de tipo coyuntural, después de más de 40 años de democracia, todavía se siga instrumentalizando la Guerra Civil por algunos grupos de la clase política y mirando hacía la lucha política actual. Eso me parece una barbaridad. La Guerra Civil debemos conocerla perfectamente en una sociedad democrática pero, al mismo tiempo, debemos impedir que nuestros políticos, sean del partido que sean, la utilicen.
¿Qué le ha parecido el traslado del cuerpo de Francisco Franco desde el Valle de los Caídos hasta el cementerio de El Pardo?
Cuando escribí el libro no me podía imaginar, primero que durante su lanzamiento iba a haber una campaña electoral, segundo, que unos días antes iban iniciar el proceso para trasladar el cuerpo de Franco del Valle de los Caídos. Como demócrata creo que Franco no debía haber estado nunca allí; nunca se debía haber construido eso. Y en tercer lugar, me parece una barbaridad que el dictador estuviera reposando al lado de víctimas de uno y otro lado de la guerra. De todos modos, hay toda una serie de datos que corroboran esta decisión, él nunca quiso que lo enterraran ahí... Por lo tanto, su traslado es muy bueno, aunque se puede señalar que hay también un contexto electoralista.
¿Será posible una visión de la Guerra Civil en España que no esté considerada una agresión a un sector?
En el mundo académico yo creo que eso está bastante superado. Pero los militantes de un signo y de otro, en la mayoría de los casos, siguen su propia historia. En general, los historiadores cuentan el pasado con la mayor ponderación posible, yendo a las fuentes sin partidismo y sin ideología. Cuantos más estudios serios se publiquen haciendo incidencia en la complejidad de aquel enfrentamiento, los políticos se lo pensarán dos veces antes de intentar manipular el pasado, ya sea la Guerra Civil o cualquier otro momento. La historia puede ser un instrumento de lucha política muy rentable y por eso los políticos recurren a ella en determinados momentos. Creo que la verdad al final se impone, en una sociedad democrática como la nuestra, plural, con ciudadanos muy formados, muchos en la Universidad. Digamos que las visiones simplistas sobre el pasado tiene un futuro corto.



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