Miguel Ángel Gallardo dio una lección práctica de teatro

Emilio Martínez
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Tras una charla teórica, el actor interpretó tres de sus personajes, entre ellos, a Armando Buscarini

Miguel Ángel Gallardo interpretó el papel de charlatán. - Foto: Carlos Paverito

«Quizás decir que el teatro me salvó sea una exageración que podría calificarse de excesiva e incluso dramática, pero sí que es verdad que el teatro me ha sanado». Tal afirmación pertenece a ese polifacético hombre de las artes escénicas que es Miguel Ángel Gallardo. El actor, director, declamador, profesor y lo que le echen protagonizó una amena charla-coloquio sobre el teatro que encantó a los asistentes a la Casa de Castilla-La Mancha de Madrid. Pero no se quedó en la teoría, porque tras su conferencia interpretó en el escenario un trío de los muchos personajes a que ha dado vida en su larga trayectoria profesional, que en su caso «también es vocacional», como sostuvo.
Antes hubo unas breves palabras a modo de presentación del albaceteño por parte del coordinador del acto, el directivo de la entidad regional Augusto Huéscar, en las que no faltaron las frases de agradecimiento por su presencia y el recordatorio de que el veterano Gallardo, «muy posiblemente, sea uno de los intérpretes de la tierra con mayor y más diversa hoja de servicios a todo lo relacionado con el teatro y similares». Añadió que si se pusiera a leer todo el currículum de Miguel Ángel, ocuparía tantos minutos que ya no habría tiempo para la conferencia «y mucho menos para su actuación».
De ahí que el actor, tras comenzar con la frase que inicia esta información, prefiriese no alargarse mucho en la teoría y el análisis del teatro en general, y de su difícil actualidad en cuanto a los profesionales, «cuya inmensa mayoría, por desgracia, no puede vivir de ello, porque los artistas todavía tienen la fea costumbre de comer; el día que se la quiten, la cosa cambiará», explicó irónicamente. Aunque no ocultó que en su caso, tanto en su amplia etapa de residente en Madrid –donde vuelve a menudo todos los años con algunos de sus espectáculos- como después en Albacete, ha podido escapar «por muy poco y muy ajustado, eso sí», remarcó, de semejante maldición.
Rememoró sus inicios ya siendo un niño en el colegio, en el Parque  y en el grupo de teatro infantil de Radio Albacete EAJ44, cuando aún la emisora no formaba parte de la cadena SER. Acabó el Preu y ganó unas oposiciones bancarias, «un oficio más que respetable, pero que es la antítesis del de cómico», precisó. Por lo que muy pronto solicitó la excedencia y vino a Madrid para matricularse en la Real Escuela Superior de Artes Escénicas (Resad), donde concluyó los estudios con brillantes notas «y con la suerte de tener a extraordinarios profesores, entre ellos el mítico Manuel Dicenta», y comenzó a actuar ya en la capital de España en pequeños papeles.
Unas labores ya profesionales que fueron aumentando, también con participaciones en grupos de Albacete, poco a poco sobre todo por la gran explosión teatral que fue el final del franquismo con una sociedad muy por encima en sus aspiraciones de las que intentaba poner, ya con poco éxito, la dictadura. «Fue un tiempo maravilloso porque, además de buscar cultura por todas partes, predominaba el llamado teatro político social con Bertolt Brecht, Alfonso Sastre y otros magníficos representantes similares».
No quiso profundizar mucho en su biografía profesional, pero sí se detuvo brevemente en los momentos que considera más destacados. Como ser uno de los pioneros de la legendaria compañía El Gayo Vallecano, que además de representaciones organizaba clases teatrales para todas las edades y conciertos de rock –allí nació Suburbano-. Y, amén de premios recibidos, haber actuado en múltiples ciudades y festivales, entre ellos el de Mérida, con una enorme variedad de papeles trágicos, cómicos y clásicos, y con la suerte de haber compartido escena con un gran número de compañeros de la talla de Nuria Espert, «entre otros mitos de nuestro teatro», cerró.
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