Odio a muerte en la España más negra

Leticia Ortiz (SPC)
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Los hermanos Izquierdo salieron el 26 de agosto de 1990 dispuestos a matar a cuantos vecinos de Puerto Hurraco se encontrasen en su siniestro recorrido

Velatorio de una de las víctimas de la tragedia de Puerto Hurraco - Foto: EFE

«Vamos a salir a cazar tórtolas». Esa frase, tan típica de un verano cualquiera en miles de zonas rurales de España desencadenó una tragedia que hoy, 30 años después, aún se recuerda con solo pronunciar el escenario: Puerto Hurraco. Las palabras las pronunciaron al unísono Antonio y Emilio Izquierdo cuando sus hermanas Ángela y Luciana les cuestionaron que dónde iban, escopetas al hombro y con ropa de cacería, aquella siniestra tarde del 26 de agosto de 1990. Sin embargo, la matanza que se produjo poco después de aquella inocente pregunta se coció durante muchos años en esa España negra que parece que ya es parte del pasado.
Es difícil establecer en qué momento de la historia del pequeño municipio pacense arrancó el desencuentro de dos familias, los Izquierdo y los Cabanillas o los Pataspelás y los Amadeos, como les conocían en el pueblo. Vecinos de toda la vida, esa cercanía fue el germen de la enemistad, ya que las discusiones por las lindes de las fincas eran continuas. En el año 1967, una de aquellas disputas llegó a las manos cuando Amadeo Cabanillas entró con su arado en tierras ajenas, desatando la furia de Manuel Izquierdo. En paralelo y como si de un culebrón televisivo se tratase, Luciana Izquierdo bebía los vientos por el propio Amadeo. Un amor que ella creía correspondido. Pero, al parecer, no lo era tanto, ya que él la rechazó semanas después de haberle prometido que se casaría con ella, según la versión de la mujer.
Jerónimo Izquierdo consoló a su desolada hermana, muerta en vida por el rechazo amoroso. Así, con la excusa de las lindes e instigado por Luciana, Jerónimo no dudó en apuñalar hasta la muerte a Amadeo en sus tierras. Cumplió 14 años de cárcel por aquel asesinato, tras los cuales se marchó a Barcelona para intentar rehacer su vida.
Antonio y Emilio Izquierdo acabaron con la vida de nueve personasAntonio y Emilio Izquierdo acabaron con la vida de nueve personasEn 1984, con la herida entre las dos familias aún abierta, ocurrió un terrible incidente en la casa de los Pataspelás: se desató, por motivos que aún hoy se desconocen, un pavoroso incendio. Milagrosamente, toda la familia que se encontraba en casa logró salvarse a excepción de la matriarca: Isabel. Por cierto, en el pueblo remontan los inicios de la enemistad entre ambas familias a los años de juventud, precisamente, de Isabel, que habría tenido un romance con el abuelo de los Cabanillas. Los Izquierdo estaban convencidos de que el autor del incendio en el que murió su madre era el hermano del fallecido Amadeo, Antonio Cabanillas, que quería vengar así la muerte de su familiar. Sin embargo, la Policía no pudo relacionarle con el suceso, que quedó sin culpable conocido.
Dos años después, en 1986, Jerónimo regresó a Puerto Hurraco con el único propósito de matar al que consideraba asesino de su madre: Antonio. Le apuñala de gravedad, pero logra sobrevivir. El autor de la agresión es ingresado en el hospital psiquiátrico de Mérida, donde falleció apenas nueve días más tarde. Los Pataspelás deciden entonces abandonar el pueblo y se trasladan a Monterrubio de la Serena donde, según los investigadores, los cuatro hermanos solo sueñan con vengar la muerte de su madre en el incendio, que siguen considerando un crimen de los Amadeos


Sin piedad

Trescientas postas (unos cartuchos especiales para matar jabalíes) y dos escopetas. Ese era el arsenal con el que Emilio y Antonio partieron hacia Puerto Hurraco en su todoterreno, que aparcaron cerca de la calle principal, pero escondido de las miradas curiosas. Esperan al acecho para disparar a cualquier persona que pertenezca al clan de los Amadeos. De repente, Antonia y Encarnación Cabanillas, dos niñas de 14 y 12 años, respectivamente, que son hijas de Antonio, salen a jugar a la calle. Sin pensarlo, los dos hermanos descargan su munición a quemarropa sobre las menores, que mueren en el acto. La matanza solo ha comenzado.
Ante los ensordecedores estruendos, salen a la calle tanto el tío de las niñas, Manuel Cabanillas, que fallece, como su hijo, Antonio, al que las heridas dejarán en una silla de ruedas de por vida. Los Izquierdo están ya desatados, disparando a todo el que esté en la calle mientras llaman a gritos a Antonio Cabanillas (al que consideran el asesino de su madre), ante el terror de los vecinos que corren a esconderse. Un niño de seis años recibe un balazo que le impacta en la cabeza y le deja en coma. Una mujer, Araceli Murillo, que estaba sentada en la puerta de su casa, también recibe una lluvia de disparos que acaba con su vida. 
Un vecino del pueblo, José Penco, consigue llevarse a dos heridos en su coche a un pueblo colindante, pero cuando regresa a Puerto Hurraco, es acribilliado a tiros. Otros tres vecinos mueren disparados cuando intentan llegar al cuartel de la Guardia Civil. Otros logran avisar a la Benemérita, que manda a dos agentes al lugar. Los uniformados son recibidos a tiros y caen gravemente heridos. En total, nueve personas fallecen y otros 15 resultan heridos.
Antonio y Emilio escapan a un olivar cercano, donde son localizados nueve horas más tarde por el dispositivo de más de 200 personas que fue activado para detener a los autores de la tragedia. Su plan, según le confiesan a la Guardia Civil, era regresar, en caso de no ser arrestados, para redondear su matanza durante los funerales de las otras víctimas. Mientras, Luciana y Ángela desaparecen de Monterrubio, pero las encuentran días más tarde en Madrid. 
«Ahora que sufra el pueblo como yo he sufrido durante todo este tiempo», apuntó Emilio en un juicio en el que los dos hermanos fueron condenados a 684 años de cárcel. Y allí murieron ambos.