Un juego de espías a la vieja usanza

S. Samhan (EFE)
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Durante más de 25 años, Jonna Mendez trabajó dentro de la CIA. Ahora, revela los misterios y peripecias que los agentes empleaban para no ser descubiertos en los años de la Guerra Fría

Artilugios de la Agencia Central de Inteligencia que servían para esconder minicámaras a finales de los 70 - Foto: Susana Samhan

Una puerta se abre y el agente X accede a una sala llena de personas con batas blancas. La tarea de este laboratorio no es resolver una fórmula matemática, sino algo parecido a la magia: hacerle desaparecer en un disfraz de turista.
Lo que puede parecer una escena protagonizada por James Bond, era parte de la rutina de Jonna Mendez, quien durante más de 25 años fue agente del Departamento de Servicios Técnicos de la CIA, donde llegó a ser jefa de Disfraces.
Durante la década de los 70 y principios de los 80, el telón de acero parecía inexpugnable y la competencia con la KGB era feroz. Los espías norteamericanos tuvieron que diseñar todo tipo de artificios en una carrera, la de la Guerra Fría, que culminó con la caída del muro de Berlín en 1989. Aunque no llegó a cerrarse del todo.
En el Museo Internacional del Espía de Washington, Mendez, ahora una afable jubilada de 74 años, se siente como en casa entre todo tipo de cachivaches con micrófonos ocultos, réplicas de los archivos de la Stasi -la temida y extinta policía secreta de Alemania Oriental- y salas de interrogatorios.
Sin embargo, lo interesante de su trabajo radica en que para camuflar a un espía no basta con alterar la cara, sino también el resto del cuerpo. «Por ejemplo, puedo llevar una máscara completa para el rostro, algo que yo he hecho, pero si un amigo me ve andando por la calle me reconocerá por mi forma de caminar», explica.
Para lograr un disfraz clásico, los agentes especializados tienen que trabajar de arriba a abajo. «El pelo castaño, lo cambiaremos. ¿Son altos o bajos?, lo cambiaremos (...) Maquillaje, vello facial, gafas, joyas, y trabajas hacia abajo». Y siempre será un proceso de suma, nunca de resta: «Podemos hacerte más alto, no podemos hacerte más bajo; podemos engordarte, no podemos hacerte más delgado; podemos hacerte parecer mayor, es muy difícil hacer que una persona parezca más joven», reflexiona.
Antes de convertirse en la máxima responsable de Disfraces, Mendez trabajaba en el Departamento de Servicios Técnicos de la CIA dentro de su especialidad, la fotografía: «Viajaba alrededor del mundo, reuniéndome con activos extranjeros y los entrenaba en el uso de cámaras». Esos artilugios eran microcámaras fotográficas que podían estar insertadas en el pintalabios, en un mechero o en un pin. Con una de estas, «si te acercas al despacho de Vladimir Putin puedes tomar una fotografía de forma simple», pone como ejemplo.
Su labor, más allá de la parte técnica, tenía gran importancia: ocultar a los infiltrados para evitar que fueran detenidos o ejecutados. En Moscú, cuenta, pasaba lo segundo.

 

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Opciones para morir

Como exagente, Jonna no debe revelar operaciones en las que participó, pero sí da detalles sobre cómo cruzar de una Alemania a la otra, algo que nunca hizo disfrazada. «Ir de Berlín occidental a Berlín oriental era un proceso muy formal. Si eras un funcionario estadounidense tenías documentos con sellos de estatus de la Stasi, con los que quedabas exento: cuando cruzabas la frontera no te podían registrar, arrestar o retener. En el este era una forma de protección, y una vez que llegabas adonde ibas, podías hacer lo que quisieras».
Mendez no puede contar si ayudaron a mucha gente a llegar a la parte occidental, pero cita los innumerables túneles cavados bajo tierra para cruzar. En una ocasión pudo ver la parte este del muro desde un helicóptero y comprobó que era «una tierra de opciones» para elegir «cómo te gustaría morir».
«¿Te gustaría morir por hacer el sonido más ligero y que unas tuberías con armas de fuego salieran y dispararan balas en 360 grados?, o ¿preferirías ser atacado por uno de esos perros pastores alemanes que subían y bajaban de los vagones de los trenes? No los alimentaban bien y si alguien se aproximaba a ellos lo mataban».
En la Unión Soviética, al igual que ocurría en otras partes de Europa del Este, los agentes de la CIA seguían una serie de indicaciones para protegerse, conocidas como las normas de Moscú, que más tarde Jonna y su difunto marido, Tony Mendez, quien participó en el rescate de rehenes estadounidenses en Irán -hechos que se relatan en la película Argo-, recopilaron en un libro publicado este mismo año: The Moscow Rules.
Durante aquellos años de plomo, la Stasi y la KGB llegaron casi a igualarse en excelencia en sus labores de espionaje.
Después de la caída del muro, la CIA pudo comprobar de cerca los métodos de la Stasi en la Alemania del Este: «Encontramos almacenes llenos de tarros de cristal, sellados médicamente. Dentro de cada uno había una pieza de ropa, y cada tarro tenía una etiqueta. Había miles y miles de estos frascos», describe.
«Si ibas a la ópera en el este de Alemania y sabían que eras de Occidente, podrían estar interesados en ti». Entonces, utilizando cualquier pretexto, tomaban una pieza de tu indumentaria y, de esa forma, recolectaban tu olor. La guardaban en un tarro etiquetado y esperaban. «Si volvías a su país y estaban interesados en lo que hacías, cogerían un perro, le mostrarían la pieza de ropa e irían detrás de ti».


Un conflicto clandestino

Uno de los recuerdos más nítidos de Mendez es el de la caída del Muro de Berlín, aunque solo pudo seguirlo por televisión. Pese a que fue una victoria para Occidente, cree que cayó por el sistema que había en el Este. «No podías detener las comunicaciones, ni mantener la verdad alejada, la gente podía ver a través del muro y podía ver el oeste de Berlín, que era una ciudad vibrante, animada».
Después de su desaparición, el mundo cambió, pero, ¿realmente acabó la tensión? «A lo largo de los años estoy empezando a preguntarme si realmente la Guerra Fría terminó, creo que se hizo clandestina», reflexiona Mendez, para quien este conflicto está volviendo ahora.
En ese sentido, remite al primer capítulo del libro que escribió con su marido, que empieza en 2017, tras las elecciones presidenciales en EEUU, en las que triunfó Donald Trump, y con una agresión a un diplomático estadounidense fuera de la embajada en Moscú. Nada más salir de su coche, el diplomático fue atacado por un «matón de la KGB» que le rompió la clavícula. «Es el tipo de cosa que haríamos durante la Guerra Fría. Y ahora esas historias se están comenzando a repetir».