La hora de Page

C.S.Rubio
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Emiliano García-Page se enfrenta a su segunda y última legislatura al frente de la Junta de Comunidades con mayoría absoluta. Su reto es cambiar realmente las cosas en Castilla-La Mancha

La hora de Page

La toma de posesión de Emiliano García-Page cierra en cierto modo un ciclo político, tanto para la región como para el propio presidente. Y es que, si su llegada a la Junta de Comunidades hace ahora cuatro años fue «más por demérito de Cospedal que por méritos propios», como él mismo reconoce, ahora le toca demostrar que la mayoría más que absoluta conseguida el pasado mayo servirá para «seguir cambiando las cosas».
Lo que está claro es que el encargo de reconstruir a Castilla-La Mancha de los recortes de Cospedal ya ha caducado, que no terminado, como le recuerdan día sí y día también los sindicatos y la oposición. El reto hoy son los cambios estructurales. Cambios hasta ahora aplazados sine die, unas veces a cuenta de la crisis, otras por interferencias desde Madrid y otras porque, como ha pasado tantas veces, se llegó tarde.
La agenda en este sentido también está clara: blindaje de los servicios básicos, reforma electoral, agua, despoblación, financiación autonómica y consolidación del cambio de modelo económico. La dificultad estará en que la mayoría absoluta no naufrague en su propio éxito (Page necesita pactos) o en la tormenta perfecta que sufre el Congreso desde 2015, que puede provocar que, por ejemplo, la reforma de un Estatuto de Autonomía se instale en el limbo parlamentario entre proceso electoral y proceso electoral, o que la aplazada reforma del sistema de financiación no termine de encontrar un Gobierno estable que la negocie.
También será la hora de decidir su futuro inmediato. La Ley del Consejo de Gobierno de Castilla-La Mancha marca como tope dos legislaturas seguidas por presidente, por lo que la presente será la última sí o sí para García-Page en la Junta. Durante el debate de investidura él mismo se encargó de cortar con las especulaciones que apuntaban a que podría modificar la normativa autonómica para seguir en el cargo al menos cuatro años más. «Mi proyecto es para ocho años», insistió en varias ocasiones a lo largo de la sesión.
Todavía es pronto para hablar de futuro -el debate tardará en abrirse unos dos años- pero en sus manos también estará saber llevar a buen puerto la transición y que ésta no se transforme en una nueva guerra interna dentro de las filas del PSOE. Como bien sabe García-Page, en la mayoría de las ocasiones no hay peor cuña que la de la misma madera. Y especialmente en su partido.
De esto también sabe mucho García-Page. Lleva en la cosa pública desde los 18 años y a sus 50 ya cumplidos le ha tocado vivir toda clase de cataclismos en el PSOE. El último de ellos «casi nos cuesta el carné a algunos», ha señalado en alguna ocasión en relación al cisma entre Sanchistas y Susanistas de 2017. Bando este último donde militó activamente y que lo llevó al borde del abismo político.  
En el actual panorama de mayoría absolutísima (19 de los 33 diputados regionales son suyos) cuesta trabajo recordar que hace poco más de dos años García-Page tenía un gobierno que hacía aguas tras el voto en contra de Podemos a los presupuestos autonómicos y un partido inmerso en una guerra de guerrillas. Incluso en Castilla-La Mancha, donde su opción, Susana Díaz, no había ganado las primarias pese a haber puesto toda la carne del aparato en el asador. Esos días, su dimisión y la convocatoria de elecciones autonómicas anticipadas estuvieron encima de la mesa.
¿Qué lo salvó? Sin duda, su habilidad para hacer política. García-Page es todo un homo politicus. Un habilidad que ya había demostrado unos años antes, cuando Barreda le sacó primero de los puestos claves del Ejecutivo y, después, le exilió a ser candidato a la Alcaldía de Toledo, una plaza conservadora hasta entonces.
García-Page no solo ganó el pulso y fue alcalde durante 8 años, sino que se consiguió hacerlo a pesar de la ola antipsoe que arrasó todo el territorio nacional en 2011. Se convirtió de de facto en un barón dentro del partido y se salvó, de paso, del naufragio del último Gobierno de Barreda, asediado por la caída de CCM, el desastre del proyecto del aeropuerto de Ciudad Real o el incremento exponencial de la deuda con la llegada de la crisis.
Sin perder tampoco de vista la férrea disciplina interna del partido socialista en la región a pesar de todo. Aquí funciona la regla no escrita de que una cosa es lo que pase en Madrid y otra, muy distinta, Castilla-La Mancha.
Porque el PSOE regional es una rara avis dentro el PSOE nacional. Aquí nunca pasa nada dentro del partido. O por lo menos nunca sale a la luz pública salvo en Guadalajara, provincia que nunca se ha llegado a creer del todo esto de Castilla-La Mancha.
Los más de 30 años de Gobierno socialista en la Junta han hecho mucho por esta estabilidad interna, pero también el modelo de «regionalismo sano» que se ha implantado en el partido, en palabras de García-Page. El propio presidente decía hace unos años a La Tribuna: «Yo seré mucho más de Castilla-La Mancha que del PSOE; no en los valores, que no se pueden cambiar, pero sí a la hora de decidir en la lucha de intereses, no tengo la más mínima duda».
Un modelo que bebe directamente de José Bono, mentor político de García-Page. No hay que olvidar que la memoria colectiva de esta región comenzó a forjarse gracias a las batallas ganadas contra los Gobiernos de Felipe González, que no supieron medir el rechazo generalizado de la recién creada comunidad autónoma hacia iniciativas como el campo de tiro de Cabañeros o a la ahora impensable idea de destrozar las Hoces de Cabriel para construir una autovía. Por primera vez a alguien de Toledo le importaba lo que pasaba en Cuenca, y al revés. Aquí se creó una región a base de demandar para sí el hueco y la voz que ya tenían las llamadas autonomías históricas. Se dejó de ser ‘tierra de nadie’ para ser una comunidad.
En este caldo de cultivo le salieron los dientes políticos a García-Page, primero como concejal en el Ayuntamiento de Toledo -cargo al que accedió con tan solo 18 años- y luego como consejero comodín de Bono, del que terminó siendo su portavoz gubernamental, un puesto clave en cualquier Gobierno.
De Bono ha aprendido muchas cosas Emiliano García-Page. Una de ellas es el dominio de las distancias cortas. Tras cuatro años en la Presidencia de la Junta, ha conseguido seguir siendo para la gente que se cruza en la calle Emiliano. Lo de presidente García-Page se queda para los actos institucionales como el de ayer.