2018, la era del cambio

PILAR CERNUDA
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2018, la era del cambio - Foto: OSCAR DEL POZO

Los españoles han sido testigos en los últimos 12 meses de los acontecimientos políticos más inesperados de la democracia

Por primera vez una moción de censura tumbó un Gobierno; por primera vez es presidente un político que no ganó las elecciones; por primera vez un exjefe del Ejecutivo regresó a su anterior puesto de trabajo: por primera vez la izquierda perdió el predominio en Andalucía; por primera vez gobierna un partido que ni siquiera alcanza la mitad de los escaños necesarios para la mayoría absoluta. Con permiso de Felipe González, que en 1982 presidió el Gobierno del cambio, en 2018 se han producido los acontecimientos políticos más inesperados de la democracia. 
El problema para España, para los españoles, es que hay coincidencia generalizada en que no han sido cambios para bien. Este diciembre es, a todos los niveles, peor que el de 2017. Incluida la cuestión del independentismo catalán, que no es  menor. Hoy, se siente más fuerte que hace 12 meses, y también es sensación generalizada que el Ejecutivo es más débil ante el avance secesionista, lo que pone en riesgo indudable el futuro de la unidad del país.
Está en la Constitución, pero en 40 años de vida, no se había producido una moción de censura en España que provocara un cambio de Gobierno. Una semana antes, nadie la hubiera previsto, pero una sentencia en la que quedaba implicado Rajoy en el caso Gürtel, más la audacia de un Pedro Sánchez crecido desde que consiguió hacerse con la Secretaría General del PSOE contra todo pronóstico, empujó al socialista a presentarla el último día de mayo con los apoyos de Podemos, los independentistas catalanes y Bildu. El Gobierno confiaba en el PNV, que pocos días antes le había dado su apoyo para los Presupuestos Generales, pero esa misma mañana, el presidente del la formación, Andoni Ortúzar, telefoneó a Rajoy para advertirle que respaldaría la moción que le desalojaría de La Moncloa 
El 2 de junio, Sánchez se convertía en presidente y se ponía al frente de un llamado gobierno bonito, en el que figuraban personajes muy conocidos aunque la mayoría de ellos sin experiencia política: el astronauta Pedro Duque, el juez Grande Marlaska, el presentador de televisión Maxim Huerta, la alta funcionaria de la UE Nadia Calviño, la fiscal Dolores Delgado… El resultado no fue tan positivo como esperaba el líder del PSOE y, a la semana, se veía obligado a pedir la dimisión a Huerta por una irregularidad con Hacienda; días después la de la entonces ministra de Sanidad Carmen Montón por una irregularidad con un máster, y no se atrevió a pedirla a la titular de Justicia, Dolores Delgado, a pesar de que fue la que provocó el mayor escándalo al conocerse el contenido de una conversación que mantuvo con el excomisario Vallejo -al que dijo no conocer, lo que significa que mintió- acompañada del exjuez Garzón. Sánchez no podía permitirse el lujo de perder tres ministros en un mes.
No empezó el nuevo Ejecutivo con buen pie, pero tampoco lo hizo el PP. Rajoy anunció primero que renunciaba a su escaño, lo que se consideraba hasta cierto punto lógico y, a continuación, que dejaba la política. Sin embargo, el anuncio que provocó perplejidad fue que no aceptaba el estatus de expresidente ni tampoco incorporarse al Consejo de Estado, y a la semana se reintegraba a su antiguo puesto de registrador de la propiedad en Santa Pola, renunciando a su sueldo de expresidente. Durante unos meses acudió diariamente a su despacho en la ciudad alicantina, hasta que en septiembre logró el traslado a Madrid, donde ocupa una oficina del registro cerca de la sede de Génova y hace una vida de alto funcionario con tiempo libre dedicado a su familia y amigos. 
Convocó un congreso para elegir sucesor a través de unas primarias, y también contra todo pronóstico, no se presentó a ellas Alberto Núñez Feijóo, como todo el mundo esperaba incluido el propio Rajoy. Decidió permanecer en Galicia y en la lucha por el poder quedaron dos contrincantes tras ganar Soraya Sáenz de Santamaría la primera vuelta; la exvicepresidenta y Pablo Casado. La que fuera titular de Defensa María Dolores de Cospedal, con una animadversión hacia Sáenz de Santamaría que era conocida, se alió con Casado, al que prestó apoyo a cambio de varios puestos en la nueva ejecutiva. Ganó Casado y Soraya abandonó la política -la llamó Sánchez para ofrecerle un puesto en el Consejo de Estado-, pero la satisfacción de Cospedal duró muy poco: una conversación mantenida en su despacho de Génova con su marido y con el mencionado excomisario Villarejo puso fin a su carrera política. 
Villarejo, un nombre que ha formado parte de la escena política del 2018, un excomisario chantajista y amenazante que no duda en tambalear los cimientos del Estado, incluida la Corona. Una Corona que este año, ante un Gobierno mediocre y decepcionante que se alía con quienes quieren romper España, y una oposición debilitada y falta de figuras de envergadura, se ha convertido en el único referente de estabilidad. El único que ha plantado seriamente y con rigor a los independentistas a pesar del coste personal que ha tenido para el Rey Felipe.
El 2018 es un año negro que da paso a un 2019 en el que, los que quieren a España, los patriotas, han puesto sus expectativas. Se trata de un año electoral en el que coincidirán autonómicas, municipales y europeas,  es probable que también las generales, aunque Sánchez reparte dádivas políticas y económicas entre sus socios de moción de censura para ver si consigue aprobar los Presupuestos y mantenerse así hasta el final de la legislatura. 
Pero, aunque Sánchez apruebe  las Cuentas, su partido va de capa caída, y también Podemos. El PP no está acertando con las políticas de nombramientos y con la línea que impone Casado, y se le están yendo los votos, a chorros, hacia Vox, extrema derecha populista que ha sabido comprender que la cantera está en los desencantados de las formaciones tradicionales. Es la fuerza de Vox y también de un Ciudadanos, cada vez más centrado, que este año, al fin, va a asumir responsabilidades de Gobierno, un riesgo que no quiso asumir en la anterior legislatura. No fuera a ser que aparecieran casos de corrupción -imposible cuando no se gestiona- o de escasa preparación de sus dirigentes. 
En 2019 se configura, por tanto, como un año complicado por la de debilidad de los partidos que han sido referente en la Historia de España de las últimas cuatro décadas. Un año en el que se van a producir sorpresas y en el que, sin duda, aparecerán nuevas figuras en los Ejecutivos regionales y en los que el recién nacido Vox puede hacerse con la derecha si Casado no reacciona no ya para mantener el voto, sino para que no perderlo. Un año en el que Pedro Sánchez se puede convertir en el presidente más efímero de la Historia del país o el que puede conseguir mantenerse en La Moncloa no por méritos propios, sino por desméritos de los adversarios. Un año en el que Cataluña, eso es seguro, seguirá amargando la vida a los españoles. A todos, incluidos los catalanes.