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Los milagros cotidianos

Diego Izco
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El guardameta alemán ha sido uno de los mayores activos azulgranas de las últimas temporadas. - Foto: Alejandro García

El diagnóstico más plausible para el FC Barcelona de la 21/22 era su enemistad con el gol. Marca pocos, algo que se veía venir desde que el pasado verano se culminase la 'operación CGM' (Cien Goles Menos), iniciada en 2017 con la salida de Neymar, prolongada con la de Suárez al Atlético y sellada en agosto con las de Messi y Griezmann. Pero el gol tiene dos porterías, y al 'marca pocos' se unía inexorablemente el 'encaja demasiados'. 
El Barça ha recibido 22 tantos en 19 partidos (el décimo que más del campeonato… y la cifra se va a 31 en 25 sumando la Champions) y los ojos se habían puesto sobre Ter Stegen, un habitual hacedor de 'milagros' que hace apenas dos semanas encajaba titulares tipo 'Ter Stegen pierde la luz' o 'Ter Stegen, posible salida'. Era el segundo portero de la Liga con peor porcentaje de acierto en paradas (58 por ciento, solo por detrás de Oblak, con un 50) y solo Xavi lo aguantó sobre el tapete de la normalidad: «Su salida de balón nos da la vida. Solo Manuel Neuer está a su nivel en ese sentido». 

 

El 'regreso'

Pero unos días después, poniendo un brazo asombroso ante un disparo a bocajarro de Jaume Costa (Mallorca), los titulares cambiaron a 'La resurrección de Ter Stegen' o 'Ter Stegen: vuelven los milagros'. Los números no han cambiado demasiado en dos partidos (empate en Sevilla, victoria agónica en Palma), pero sí las sensaciones: el titán de Moenchengladbach, el único con estatus de semidiós que quedaba en el vestuario tras la salida de Messi, ha vuelto a las andadas. 
El alemán tuvo que ganarse el favor de una grada que echaba de menos a Víctor Valdés y se posicionaba del lado de Claudio Bravo. Era la 2014/15 y el joven Marc André eligió un piso en el centro, viajaba en patinete, se desplazaba en metro y quería empaparse de Barcelona. Su proyección (Bravo era nueve años mayor) y la visión de Andoni Zubizarreta, entonces director deportivo culé, hicieron el resto. Desde la 16/17, Ter Stegen se convierte en el dueño indiscutible de la portería del Barça. 
En todo este viaje en azulgrana, el cancerbero apenas ha mostrado sus sentimientos. Brazos de hierro, mentalidad de hierro, gesto de John Wayne. Ni cuando en alguna de sus primeras comparecencias erró pases que derivaron en goles encajados, ni cuando conquistó alguna de las cuatro Ligas y una Champions: si 10 es una euforia desmedida y cero las lágrimas de la tristeza, el arquero se mueve entre el cuatro y el seis.   

 

Mano a mano

Ese carácter ha forjado un estilo entre los palos acorde a su personalidad. En una de sus últimas comparecencias, Víctor Valdés recordaba que la característica fundamental para un portero del Barça no era tanto el juego con los pies como su habilidad en el uno contra uno. «Está demostrado que nos llegan así 25-30 veces por temporada», aseguraba. Pocos hay en el mundo con una velocidad de piernas como el alemán, pocos con su técnica individual (añadiendo al fútbol los mejores conceptos de balonmano y fútbol sala para posicionarse e intentar tapar el mayor espacio posible), pocos con su fuerza.  
El paradón de Mallorca, festejado como un gol por sus compañeros, fue mucho más que el regreso de los milagros: fueron tres puntos de oro y recorte de distancias con los puestos Champions, fue un alivio en un encuentro marcado por las 17 bajas, fue el séptimo partido con la puerta a cero de los 25 disputados, pero fue la constatación de que Marc André Ter Stegen, el que sostenía al equipo cuando Messi no las enchufaba, sigue donde estaba.