Crónica de un desacuerdo

Leticia Ortiz (SPC)
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La exigencia de Podemos de entrar en el Gabinete y la apuesta del PSOE por un Ejecutivo monocolor han dinamitado las negociaciones para hacer presidente a Sánchez que arrancaron tras los comicios del 28-A

Crónica de un desacuerdo - Foto: Emilio Naranjo

«¿Sabe cuántas veces me ha llamado por teléfono desde la investidura fallida? Cero. Un mensaje felicitándome por mi paternidad, y se lo agradezco... ¿Pero  cree que es serio que desde la investidura fallida no hayamos hablado por teléfono ni una sola vez?». El reproche, más propio de conversación informal entre amigos o de novela de treintañeros, se hizo el pasado miércoles en sede parlamentaria. Quería Pablo Iglesias sacar los colores a Pedro Sánchez por su supuesta inacción a la hora de formar Gobierno. Pocos días antes, el debate sobre quién debería haber llamado a quién para concertar una reunión enfrentó también a la socialista Carmen Calvo con  la portavoz de Podemos Noelia Vera. Ni siquiera en quién debería haber llevado la iniciativa en la ronda de contactos se han puesto de acuerdo ambos partidos que, tras las elecciones generales del pasado 28 de abril, parecían condenados a entenderse, sobre todo después de que las bases socialistas le gritasen al victorioso Sánchez «¡Con Rivera no!» aquella noche de celebración en Ferraz. Sin embargo, meses después y salvo sorpresa de última hora, las dos fuerzas progresistas no han sido capaces de llegar a un acuerdo para evitar que los españoles vuelvan a las urnas el próximo 10 de noviembre.
Apenas había transcurrido una semana desde los comicios cuando Sánchez y Iglesias se vieron cara a cara por primera vez en La Moncloa, en la ronda iniciada por el presidente en funciones como ganador en las urnas. Aquel 7 de mayo, el líder morado salió esperanzado de la cita, casi con la convicción de que el entendimiento entre ambos era cosa de tiempo. La premisa era «trabajar para el acuerdo» y hacerlo con «prudencia», «discreción» y «tranquilidad»
Y eso que la relación personal entre los dos dirigentes nunca ha sido excesivamente buena, marcada siempre por un velo de desconfianza. Pero, a pesar de todo, el botín -gobernar el país- parecía lo suficientemente grande cómo para apartar las diferencias personales. De hecho, ya lo habían hecho para unirse en el Congreso en la moción de censura que acabó con el Ejecutivo popular de Mariano Rajoy. 
Las elecciones municipales, celebradas el 26 de mayo, y su campaña paralizaron la formación de Gobierno. Ni a unos ni a otros les interesaba que el debate se centrase en lo nacional, cuando autonomías y grandes ayuntamientos -como Madrid y Barcelona- estaban en el aire, según las encuestas. Las urnas respaldaron a Sánchez y los suyos que, a pesar de perder plazas importantes como la Comunidad de Madrid o el propio Consistorio de la capital, resultaron los vencedores en la cita con las urnas. Sobre todo, en comparación con Podemos y sus diversas marcas regionales y locales que perdieron votos, diputados y concejales con respecto a los comicios anteriores. Los resultados influyeron también en las negociaciones, con el PSOE en una clara posición de superioridad tras el respaldo del electorado, a pesar de que el 28 de abril les había dejado lejos de los 176 diputados que dan la mayoría absoluta en el Congreso.
 

Un junio ‘movido’. Las conversaciones para formar los Ayuntamientos (que se constituyeron el 15 de junio) y los Parlamentos autonómicos (sin una fecha conjunto) se apoderaron de la actualidad política durante casi todo el mes de junio, dejando La Moncloa en un segundo plano, aunque el Rey designó a Pedro Sánchez como candidato a la Presidencia el 6 de junio, tras la pertinente ronda de contactos con los grupos. Así, Iglesias y el líder socialista se reúnen en Moncloa de forma discreta el 17 de junio. Se empieza a vislumbrar entonces cuál iba a ser el gran obstáculo para el pacto: Podemos quiere un Gobierno de coalición, pero el PSOE apuesta por un Ejecutivo monocolor con apoyo externo de los morados.
Con las posiciones enconadas, Sánchez e Iglesias mantienen la última cita el 9 de julio. El cruce de acusaciones a la salida evidencia el distanciamiento entre ambos líderes que se recrudece aún más cuando los morados presentan una consulta a sus bases para que elijan entre el la coalición o el respaldo desde fuera. El secretario general del PSOE explota ante este movimiento inesperado de su posible socio y da por rotas las negociaciones. 
Tres días antes del debate de investidura, y después de que los socialistas filtren que el gran escollo para el acuerdo es la entrada de Iglesias en el Ejecutivo, el líder morado da un paso al lado para desbloquear la situación. Se reinician las conversaciones a contrarreloj, pero el pacto no llega con filtraciones de las peticiones, ofrecimientos y exigencias de unos y otros. La negociación se da, incluso, en el Hemiciclo, con el dirigente de Podemos haciendo ofertas de última hora desde la tribuna ante la incredulidad del PSOE, que considera «una broma» aquella manera de llevar la negociación. Sánchez pierde la votación y España sigue sin Gobierno, aunque la cuenta atrás arranca: en dos meses debe haber Ejecutivo o los ciudadanos volverán a las urnas. 
silencio y enrocamiento. Después de la insatisfactoria investidura, se hizo el silencio. Al menos, en la intimidad. En los medios, raro era el día que dirigentes de uno y otro partido lanzaban dardos envenenados contra los contrarios en una guerra fría que acercaba la repetición electoral. Apurando los plazos al máximo no fue hasta principios de septiembre cuando el PSOE volvió a intentar el acuerdo con Podemos con sendas reuniones entre los equipos negociadores. Citas fracasadas en las que, de nuevo, el posible Gobierno de coalición aparecía como un escollo demasiado grande para ser superado. Ni el programa de 370 medidas del PSOE con guiños a los morados revirtieron un distanciamiento que, a día de hoy, parece que no tiene vuelta atrás.