El oro verde que transformó una ciudad

MAITE MARTÍNEZ BLANCO
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El oro verde que transformó una ciudad

La expansión urbana del Hellín de la Gran Vía es deudora de los suculentos ingresos que dejó el esparto en los años 40 y 50. Antonio Callejas publica una completa investigación que descubre como surgió esta 'nueva' ciudad

El esparto es hoy una fibra olvidada. Pero antaño fue un auténtico maná. Sobre Hellín cayó entre los años 40 y 50, transformando la ciudad. «Sin el esparto, el Hellín de hoy sería otro», afirma rotundo Antonio Callejas Gallar. Lo dice con conocimiento de causa tras andar siete años rastreando los papeles del Archivo Municipal de Hellín. Su interés por el Urbanismo le llevó a iniciar esta investigación, que ahora ha dado a conocer en el libro Evolución urbana de la ciudad de Hellín (1939-1979), una completa publicación en la que repasa una treintena de obras públicas y operaciones urbanísticas acometidas por la ciudad durante las cuatro décadas que duró la dictadura. El libro ha sido editado por el Instituto de Estudios Albacetenses.
El autor sostiene que el ordenado urbanismo de la Gran Vía, el emblemático parque municipal y muchas de las instalaciones deportivas y educativas que cuajaron en el nuevo ensanche hellinero, fue posible gracias a los suculentos ingresos que las arcas municipales recibieron gracias al despegue económico local que trajo el esparto. 
«Mientras en media España se estaban quitando el hambre a puñetazos, en Hellín se hacía urbanismo», subraya el investigador local. Eso sí, con un abastecimiento de agua tan pésimo que causó reiterados brotes de fiebres tifoideas y un servicio eléctrico tan precario que complicó el auge fabril. 
Terminada la guerra civil, la dictadura franquista respondió con la autarquía al bloqueo económico internacional. Prohibida la importación de fibras exóticas como el yute o la fibra de coco, el esparto autóctono se hizo imprescindible. Tenía mil y un usos, sacos de arpillera, capachos, cordelería de todo tipo, incluso redes de pesca y hasta el papel se fabricaban con ese esparto que hoy abandonado prende nuestros montes. El 5 de abril de 1940, Franco declaró el esparto de interés nacional. Todo, desde las matas a pie de monte a su manipulación, era controlado por el Servicio Nacional de Esparto para evitar el estraperlo. 

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