Lo que ocultan los abrazos y la risa de Pedro Sánchez

Pilar Cernuda
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Al jefe del Ejecutivo le espera un camino difícil de recorrer: cada aceptación del chantaje de un partido socio provoca la reacción contraria en otro, por no mencionar el malestar de sus seguidores

La risa boba del inquilino de la Moncloa en su cara a cara con Núñez Feijóo resultaba ridícula. - Foto: EFE

Se comprende la euforia, se comprenden los aplausos y gritos de entusiasmo al conocer el resultado de la votación que revalidaba a Pedro Sánchez como presidente de Gobierno. Se comprende menos la risa boba del candidato socialista en su cara a cara con Feijóo, boba por forzada. Resultaba ridícula. El PSOE vive una situación de euforia total y también se comprende, porque hasta el 23 de julio estaban seguros de que pasarían a la oposición. Pero detrás de esa euforia, de los abrazos, aplausos y risas, se vive una situación complicada y a su líder no le será fácil culminar la legislatura, aunque en el debate de investidura ha reiterado que ocupará La Moncloa los próximos cuatro años.

Se encontrará con un camino plagado de problemas y obstáculos que no serán fáciles de salvar. El principal, los socios que le han permitido mantenerse en el Gabinete. 

La portavoz de Junts, Miriam Nogueras, brazo derecho de Puigdemont, fue muy dura en su intervención durante el debate, en el que durante unos minutos angustiosos para el entonces candidato abrió la puerta a la posibilidad de no darle su apoyo si no cumplía estrictamente el pacto que habían firmado. Sánchez lo prometió, por supuesto, pero la catalana no se lo puso fácil: tendría el «sí» de Junts a la investidura, pero sería necesario ganárselo en el futuro ante cada iniciativa que presente el Ejecutivo al Congreso. 

No fue el único socio que se expresó en los mismos términos, lo que no facilita la labor del nuevo Gobierno. Porque al igual que la rivalidad entre los independentistas catalanes es a muerte, también lo es la del PNV con Bildu y la de Podemos con Sumar. Tanta, que no es descartable que llegue un momento en el que los más importantes socios de Sánchez boicoteen los acuerdos a los que llegue el Ejecutivo con sus rivales o, incluso, los bloqueen. 

En el caso de los vascos y catalanes, más que la estabilidad del Gabinete de Sánchez les interesan las elecciones regionales, cuyo resultado estará muy condicionado por los acuerdos a los que lleguen los partidos con el presidente socialista. Sobre todo cuando actuar como socios significa respaldar o rechazar proyectos de ley que provocan un gran debate social, tomar medidas que no siempre se van a poder cumplir y frustrarán muchas expectativas o, lo que es más grave, conllevarán subidas de impuestos inasumibles para gran parte de los españoles, ya suficientemente castigados por el incremento continuo de la fiscalidad que se está aplicando.

En este contexto, los socios serán eterno problema para la gobernabilidad de Pedro Sánchez, pero también se advierten ya signos de preocupación en el progresismo catalán. 

El PSOE fue el partido más votado en las elecciones generales de julio y no le fue mal en las municipales. De hecho se hizo con la alcaldía de Barcelona gracias, entre otros, al apoyo del PP. 

En el PSC hay voces que empiezan a expresar su indignación por los acuerdos de Ferraz con el independentismo. 

Junts y ERC han empeorado sus resultados respecto a elecciones anteriores, pero los pactos de gobernabilidad con Junqueras y con Puigdemont, los lleva nuevamente a primer plano, y afectará a un PSC que tenía razones importantes para pensar que tenía al alcance de la mano colocar a Salvador Illa a la Presidencia de la Generalitat, lo que permitiría a un partido constitucional volver a la Casa dels Canonges. Un Puigdemont que regrese a Cataluña en olor de multitudes, amnistiado y por tanto con impecable hoja de servicios sin que la Justicia pueda obligarle a rendir cuentas, daña fuertemente la imagen constitucionalista del Partido Socialista de Cataluña.

En este escenario, es obligado analizar lo que ocurre en Sumar.  Hace tiempo que se da por hecho que Podemos se desvinculará del conglomerado de afines, y ya ha anunciado su separación de Sumar. 

Las relaciones de Iglesias con Yolanda Díaz están rotas hace tiempo, y tiene razón el líder de Podemos. Gracias a él, Díaz fue ministra y después vicepresidenta, y  Yolanda ha respondido tratando con el máximo desprecio a quien fue mentor. No ha extrañado a los gallegos, lo hizo ya en esa tierra. Pero no ha sabido medir bien las consecuencias, sobre todo, de haber cercenado la carrera de Irene Montero. 

La exministra de Igualdad está señalada ya como la cabeza de lista de Podemos en las elecciones al parlamento Europeo que se celebrarán en junio. Señalada, aún no confirmada. Son elecciones de circunscripción única y Podemos tiene muchas papeletas para lograr algunos escaños europeos e, incluso, de conseguir más que la candidatura de Sumar. Las consecuencias para la imagen de Yolanda Díaz serían demoledores si se produce ese resultado, que es probable. Y que, de rebote, afectaría a la imagen del propio presidente de Gobierno. 

Desprestigio

En este escenario, posterior a los abrazos entusiastas del Gobierno y los diputados socialistas, hay también un mar de fondo a tener en cuenta cuando se intenta hacer un pronóstico de futuro a medio plazo.

La lealtad a Sánchez es indiscutible entre los altos cargos y los diputados, no ha fallado nadie en la investidura, aunque ante sus votantes han quedado como mentirosos y es difícil que algún día puedan recuperar el prestigio personal y político hoy perdido. Pero más allá de ese desprestigio, empiezan los socialistas a sentirse incómodos cada vez que pisan la calle donde el pueblo les reprocha su actuación. 

En Madrid, siguen las manifestaciones ante la sede de Ferraz, y también hay grupos en varias ciudades que acuden a protestar ante las sedes provinciales y locales. Y de ahí se ha pasado a los insultos y agresiones a cargos socialistas.

Un diputado ha recibido insultos en un bar cercano al Congreso donde tomaba un café con compañeros. Un huevo le alcanzó la cabeza, situación humillante donde las haya, y tuvo que ser escoltado por la Policía mientras regresaba al edificio del Congreso. Situaciones similares se viven ya en otras localidades, el rechazo a Sánchez lo sufren directamente los miembros de su partido, que ya se lo piensan mucho antes de salir de casa. Podrían, incluso, constatar que sus amigos habituales prefieren no quedar con ellos para tomar el aperitivo o dar una vuelta por temor a recibir las agresiones, aunque solo sean verbales, destinadas al socialista. 

Para Sánchez y su necesidad de recibir permanentemente la lealtad incondicional y sin límite de sus seguidores, sería inquietante que la militancia empiece a pensar -y los hay que ya lo están haciendo- que lo prudente es no significarse excesivamente como seguidor entusiasta del inquilino de la Moncloa.

Mediador en Ginebra

En un plano superior, de la gran política, un elemento pactado con el independentismo catalán puede volverse en contra de Sánchez: la aceptación de que un mediador internacional, o varios, elegidos por los independentistas, se reúnan periódicamente en Ginebra para verificar que el Gobierno ha cumplido lo pactado con Junts. Una humillación para Sánchez. O quizá no, porque su grado de aceptación de las imposiciones demuestra que la palabra humillación no forma parte de su personalidad ni de su vocabulario, traga lo que haga falta porque valora más el poder sobre cualquier otra circunstancia. Pero infinidad de militantes y votantes socialistas sí conocen la importancia de la dignidad y no es descartable que rompan públicamente el carnet como está ocurriendo o que decidan que su voto no volverá a ser nunca más de Pedro Sánchez. 

¿Llegará el madrileño a cumplir los cuatro años de legislatura? El cree y espera que sí, al igual que sus compañeros de Gabinete y de partido. Y es posible que pueda conseguirlo… pero le espera un camino difícil de recorrer: cada aceptación del chantaje de un partido socio, provoca la reacción contraria en otro, por no mencionar que incrementa el malestar de seguidores y votantes que le apoyaron en julio con la nariz tapada porque creían más aceptable asumir propuestas de Moncloa que permitir que en España hubiera un gobierno del PP con Vox dentro. Pero en situaciones así, ya no vale ni la nariz tapada. Llega un momento en que se desborda todo y se convierte en intragable lo que hasta ese momento se estaba dispuesto a tragar.