Javier del Castillo

Javier del Castillo


Que llueva, pero sin mojarnos

02/04/2024

Después de una Semana Santa pasada por agua, y con muy pocas procesiones por las calles debido a esa circunstancia, pueden hacerse varias reflexiones. Una de ellas es evidente: a todos nos gusta que llueva – con la falta que nos hace el agua -, pero sin mojarnos. Otra evidencia más: asumir, como mal menor, que la única solución para paliar la sequía y hacer frente al desabastecimiento viene de arriba. Al menos, mientras los políticos españoles sigan sin ponerse de acuerdo a la hora de afrontar un problema nacional, el hidrológico, aparcado por intereses electorales.
Este año – al menos en Sigüenza (Guadalajara) – no ha dejado de llover desde el día después de Domingo de Ramos hasta el lunes de Pascua. Siete días jarreando. La mayoría de las procesiones han tenido que hacer su recorrido por el interior de la catedral, mientras el río Henares seguía aumentando de forma imparable su caudal, amenazando con desbordarse. 
No. No ha sido ésta una Semana Santa soleada, pero sí igual de fría que la de otros años. Una Semana Santa, si quieren, más deslucida. Con el nuevo obispo de la diócesis, Don Julián Ruiz, celebrando la afluencia de fieles al templo y alegrándose al mismo tiempo de esa lluvia persistente que tanto necesitamos. Sin embargo, a pesar del encierro, también ha sido una bendición observar los arroyos del pinar seguntino y los riachuelos de los alrededores de la ciudad episcopal rebosantes de agua. 
Sintiendo mucho las molestias ocasionadas a los desplazados, y a quienes esperaban debajo de un paraguas que la lluvia no les amargara la fiesta, me alegro sinceramente de que haya caído lo que no está escrito. Y, como es imposible que llueva a gusto de todos, y sin mojarnos, tenemos que convenir en que estas lluvias primaverales son lo mejor que nos podía haber ocurrido esta Semana Santa. Casi un milagro que hayan estado pasadas por agua. 
No hay otra, si queremos hacer un poco más soportable y llevadera la guerra del agua. Los embalses de Guadalajara se recuperan, los agricultores ven un poco de luz al final de sus enquistados problemas, y los ribereños de Entrepeñas y Buendía empiezan a abrigar fundadas esperanzas. Estos embalses, diezmados por la pertinaz sequía y el trasvase, alcanzan ahora niveles desconocidos desde hace más de veinte años, con crecidas de 23 hm3 en tan solo un día. 
El agua es vida, por mucho que aquí hayamos convertido también el líquido elemento (bonita metáfora de algún poeta romántico) en un elemento recurrente de división y enfrentamiento. El problema es que la poca agua que nos llega está mal repartida.
Con lo que está cayendo y con lo que ha caído – me refiero al agua del cielo –, vamos a solucionar temporalmente otro problema más. Un problema real y estructural que permanece aparcado.
Aparcado y aplazado porque nadie se atreve a hincarle el diente en este modelo irregular del Estado de las Autonomías.