El virus que lo paró todo

J. Villahizán (SPC)
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Hace cuatro años, un desconocido patógeno procedente de China heló la sangre al planeta y obligó a los ciudadanos a encerrarse en sus casas para evitar contagiarse y seguir viviendo

Los espacios públicos se convirtieron en lugares fantasmagóricos vacíos de público y sin casi movimiento - Foto: Manuel Bruque (EFE)

Con la memoria aún fresca por lo sucedido hace cuatro años, todavía estremece recordar aquellos días del primer estado de alarma que arrancó el sábado 14 de marzo de 2020. Nadie daba crédito a la velocidad de unos acontecimientos que comenzaron el 30 de diciembre anterior, apenas dos meses y medio antes, en Wuhan (China) con la alerta de la existencia de un virus respiratorio llamado SARS-CoV-2 que se fue extendiendo por todo el mundo hasta alcanzar Europa, concretamente Italia, a finales de enero. 

Precisamente, España tuvo conocimiento del primer caso de COVID-19 ese 31 de enero. Se trataba de un turista alemán que se encontraba de vacaciones en La Gomera, y que se infectó tras estar con otro paciente en su país.

Los acontecimientos ya no tenían freno. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el 11 de marzo que el brote de coronavirus era pandemia mundial. A partir de ese momento, el futuro se volvió más incierto de lo habitual, a pesar de las medidas sanitarias y restrictivas que implantaron prácticamente todos los gobiernos del planeta para intentar contener y controlar al patógeno.

Una de las actuaciones más drásticas fue la del confinamiento domiciliario, una decisión que fue asegurada, incluso, con avisos de megafonía para que nadie saliese a la calle sino era para comprar alimentos, por una urgencia o para trabajar los llamados empleados esenciales.

Fueron días en los que daba realmente miedo ver las calles vacías por el aislamiento obligatorio y contemplar desde las ventanas a los efectivos de la Unidad Militar de Emergencias  (UME) embutidos en sus EPI blancos para realizar labores de desifección; así como al resto de miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado patrullar por todos los rincones del país para evitar que la gente se saltase el confinamiento en momentos tan trágicos e inquietantes como aquellos.

Eran tiempos en los que se buscaban respiradores y mascarillas hasta debajo de las piedras, en los que no había vacuna para el virus, en los que el miedo cundía de camino al supermercado, en los que los sanitarios luchaban hombro con hombro contra un patógeno desconocido y en los que la gente salía a los balcones para aplaudirlos. 

Empezaron a acumularse los muertos, incluso asustaba los primeros casos, pero luego se empezaron a manejar cifras de fallecidos equivalentes a varios aviones estrellados. Así, el 30 de marzo de 2020, el pico de decesos alcanzó los 913, los cadáveres se fueron acumulando en las morgues y durante jornadas los muertos eran difíciles de gestionar.

De aquello hace apenas cuatro años. Una pesadilla que ha dejado en el período pandémico -desde el 11 de marzo de 2020 al 5 de mayo de 2023- más de 120.000 muertos en España, según el conteo del Instituto de Salud Carlos III, y más de 6,9 millones de fallecidos en el mundo, según los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Una enfermedad más

Por suerte, la investigación y la ciencia se alinearon para crear en tiempo récord una vacuna contra la COVID-19 que inmunizó al planeta y el virus se convirtió, según aseveran la gran mayoría de expertos en salud, en un patógeno más con el que habrá que convivir. De hecho, esta temporada invernal ha habido más hospitalizaciones en España por gripe que por coronavirus.

A pesar de ello, habrá que seguir alerta, porque como advertía el director general de la OMS, Tedros Ghebreyesus, al final de la emergencia sanitaria, «el virus ha venido para quedarse, y todos los países tendrán que aprender a gestionarlo como otras enfermedades infecciosas».