Fernando Fuentes

Fernando Fuentes


'Caso Piquito'

29/08/2023

No voy a hablar del, poco afortunadamente, llamado Caso Piquito. Lo siento. O no. Pero no lo voy a hacer. Porque sería alimentar aún más un feísimo asunto que, mientras ocupa todas las portadas, tertulias y charletas de barra de bar, aleja el foco, durante unos días, de lo que verdaderamente importa. Esto pensarán algunos. Otros dirán que no hay nada más urgente que la lucha por defender a una mujer de una agresión machista, si es que lo hubiera o hubiese, que todavía está por discernir por quien realmente lo tiene que hacer y es, ni más ni menos, que la Justicia. Y estoy de acuerdo, como no puede ser de otra manera. Lo de este personaje no merece comentario feliz. Los que lo conocen, y no están bajo el potente influjo de su poder, no se extrañan ante lo sucedido. A pesar de la gravedad del asunto, no parece ser lo peor que este pelotero de tercera metido a gran dirigente por obra y gracia del expresidiario Villar, ha protagonizado en sus años al frente de la Federación Española de Fútbol. Les prometí no hablar del Caso Piquito y no lo voy a hacer. Pero sí de un personaje que lleva impreso en su ADN al peor machito posible. Ése que presume de lo que cuelga de su entrepierna como una de sus máximas cualidades como ser humano. El mismo que es capaz de agarrarse sus testículos y mostrarlos al mundo como la mejor expresión de su labor y valor. Y todo ello mientras negocia con el fútbol como si lo hiciera desde un puesto en Los Invasores, pero en vez de rascando unos eurillos, embolsándose ingentes comisiones de millones de euros para buenos amiguetes suyos como el ínclito Gerard Piqué, ahora más conocido por ser el ex de la cantante Shakira. O de un tipo que es capaz de pasar gastos de un viaje de lujo a New York con una amiguita, alegando que iba a reunirse con la ONU o la UNO, qué más da. Todo esto y mucho más es obra y gracia de un elemento que ha hecho de su trogloditismo su mejor, y más exportable, cualidad. Ven ustedes, no he hablado del Caso Piquito, pero sí de un Rubiales al que, ojalá, nunca hubiéramos conocido.