Manuel Fraga

Antonio Pérez Henares
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El político que no pudo reinar

Manuel Fraga

Don Manuel Fraga Iribarne. Fue el primer político de alto nivel que conocí y traté de cerca. Pero no como tal sino el como catedrático y profesor. Fue, si la memoria no me falla, en Segundo de Ciencias Políticas en la Complutense, allá por el año de 1973. Por cierto, nadie tenía tanta memoria como él: ni yo ni nadie entre millones, excepción tal vez del rector y muchas cosas más Gustavo Villapalos. Fue con Franco vivo, la Universidad hirviendo y el grito de Libertad pugnando por hacerse oír.

En Políticas había de todo: de extrema derecha (Verstringe iba vestido de ayudante del Führer) hasta extrema izquierda (troskistas, prochinos y anarquistas). Todos menos del PSOE. Porque no sé si sabrá que por aquellos años ni estaban ni se les esperaba. Había del PSP de Tierno Galván, pero de estos héroes de ahora, ni uno por señal. Felipe González y Alfonso Guerra, muy discretos por Sevilla, no pisaron ni cárcel ni calabozo; y por el norte algunos encabezados por el recio Nicolás Redondo, que ese sí que luchó y no como los luchadores de ahora cuyas trincheras y barricadas son las salas de maquillaje de los platós.

Y fue allí, a aquella caldera, donde don Manuel retornó a su cátedra, Teoría del Estado, que había ganado en la única oposición donde no quedó primero (fue segundo), que para él debía ser un baldón. El tal Verstrynge era su acólito mas señalado y amansado, dejó la esvástica, junto a unas señoras vestidas con pieles a quienes nuestra maledicencia bautizó como las Boyardas. El personal sabía entonces mucho de la Rusía zarista y leía a Tolstoy, a Dostoyevski, a Chejov y a Semiónov. A Sokolov menos, porque no era del todo rojo, y a Solzhenitsyn jamás, porque era un traidor.

Y allí es donde nos conocimos, en el Aula Mayor de aquella facultad donde lo raro era dar clase algún día de la semana y casi milagro darlo dos. Don Manuel era correoso y pertinaz y su clase la daba contra viento, huelga y marea. Era, a pesar de su atropellamiento al hablar, un magnífico profesor, y de lo que hablaba sabía como el que más. Incluso yo mismo, aunque más hubiera debido, algo lo aproveché. Pero la lucha era la lucha y había que impedírselo como fuera.

He de confesar que nos esmeramos en ello. Yo bastante, he de confesar, pues venía a ser el portavoz del PCE, el partido sin más, muy hegemónico entonces. Fracasamos en varias ocasiones pero al fin dimos con una tecla.

Cuando Franco cesaba a sus ministros y cargos, tenía por costumbres endulzarles la visita del motorista con el cese (entonces no había WhatsApp, ni móvil ni na) con un puesto en un Consejo de Administración de una importante empresa que estuviera dignamente pensionado. A Fraga le tocaron Rank Xeros y, para su desdicha y nuestra ventaja, Cervezas El Águila. Y por allí es, y por su genio, que hicimos mella y descompusimos su fortin.

Al comenzar la clase, situado en lo alto del gallinero del aula, un tipo con barba, trenka y melena (uniforme de manual del progre), que hasta a lo peor pude ser yo, se levantaba, alzaba la mano en petición de palabra y decía. «¡Profesor!» a lo que don Manuel respondio, «¿Dígamé?».

- «¡Águila, por favor!»

Lo de después se lo pueden imaginar: Fraga en su mejor versión expulsando al irreverente, una clase apoyando al infractor, un cristo de mil diablos y un follón de cuidado.

Lo cuento porque en aquellos convulsos tiempos es quizás lo que alcanza a sacarme una sonrisa. Porque eran duros: había represión de la de verdad, disparos, obreros muertos en San Adrián de Besós, estudiantes torturados en la Pensión Sol y el miedo a la BPS (Brigada Político Social) y algún psicópata condecorado (como Billy el Niño), en cada manifestación. Los grises no eran, ni mucho menos, lo peor.

Manuel Fraga Iribarne había sido un alto funcionario del Estado, por oposición, y número uno por definición casi desde que se puso pantalones largos. Llegó a ministro de Información y Turismo con Franco e hizo un poco el liberal, dentro de los cauces, «con Fraga, hasta la braga», se decía en la redacción. Fue el padre de la Red de Paradores del Estado. Creía en poder cambiar el Régimen con algún retoque, él a la cabeza, claro está, y a la muerte del dictador fue ministro de Gobernación con Arias Navarro.

Y por ser claros, la cagó. Montejurra y Vitoria fueron su tumba política aunque él no se dio cuenta. Eso y el gato que tenía en el estómago. Hubiera sido un desastre de ser el elegido para pilotar aquel momento histórico y tuvieron buena vista al mirar para otro lado.

Pero fue un hombre honrado en cuanto a dineros: lo investigué a fondo. Un día lo hablamos y me confeso: «Lo sé y sabrá usted que tengo mi piso de catedrático en alquiler, que intento comprar. He dado carrera a mis siete hijos y este chalet de Perbes» que era donde yo le estaba entrevistando, dejadas las militancias, bastantes años después, para la revista Tiempo.

No pudo ser quien queria ser ni hubiera valido para ello: el conductor de la Transición. Se quedó escorado en un costado y sacó una irrisoria representación: fue cuarto tras Suárez, González y Carrillo.

Pero estuvo donde tenía que estar. Él cruzó al lado de la democracia a la base social del Franquismo y dejó en cueros a la ultraderecha; él votó por la amnistia (la buena, la del perdón mutuo y el futuro en convivencia y reconciliación). Presentó en sociedad en el club Siglo Futuro a Santiago Carrillo. Cuando UCD se deshizo, perder una votación contra él en Galicia fue el principio de su fin, pero emergió al frente de Alianza Popular y dio vida al principal partido de la derecha, pese a tener un techo que nunca pudo romper. Supo irse, y con la refundación y Aznar a la cabeza («ni tutelas ni tu tía») conseguir la primera victoria contra el PSOE de González y Guerra.

Ya en mi vida como periodista libre de siglas le tuve respeto. Se lo sigo teniendo, y mucho, hoy. A él y a su memoria, con una anécdota final. Tenía la duda, a la primera vez que como periodista lo entrevisté, si me había reconocido de los tiempos en la facultad. Lo temía. Y fue que sí. Su inaudita memoria.

- «Mi querido amigo, sé muy bien quién es usted (se quedó pensando un segundo). Le di un notable en Teoría del Estado».