Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


La hipocresía del tabaco

07/04/2024

Hubo una época feliz en mi vida en la que un habano de medianas proporciones me estaba más sabroso que un bocadillo de jamón, o incluso que uno de pan de Viena impregnada en atún o en caballa, adquirido con el sobrante del par de pesetillas que te proporcionaba tu madre para comprar el último número del Capitán Trueno. 
Era la consabida edad de la inocencia, en que nada, ni casi nadie, eran malos per sé, y en que uno, en su candidez, pensaba que podía llegar a ver un día una Humanidad mejor, y cárceles convertidas en vergeles y paraísos. ¡Qué tiempos aquellos de nuestra infancia! ¡Fue, qué duda cabe, nuestra Edad de Oro!
Y es que éramos tan pobres; gozábamos con tan escasos placeres, que cualquier cosa nimia nos parecía un tesoro. Recuerdo, como si fuera ayer, el deleitante y aromático puro habano Romeo y Julieta que, con no más de nueve años, le hurté a mi padre, luego de llevar a la práctica parecida maniobra que Julien Sorel con los libros sicalípticos en una de las estanterías de la biblioteca de su abuelo: separar levemente los ejemplares para que no se notara el pequeño hurto. Y, acariciando aquel hermoso tubo de cristal, con su espléndida vitola, hui a nuestra huerta, como el culpable de un grave delito, y, nada más instalarme en el sillón paterno, emulando los gestos de mi progenitor, lo abrí y le prendí fuego sin más. Pero he aquí que, a la cuarta o quinta calada, todo se puso a dar vueltas a mi alrededor, corrí al cuarto de baño, contuve como pude las náuseas y contemplé lívido mi rostro como el de un fantasma. Otro que no hubiera sido yo, habría triturado el puro y, acaso, hubiera vencido aquel vicio en ciernes. Pero era tan bello el tubo y tan liso, que acabé guardándolo en sitio seguro, y quince días después regresé al lugar del vicio y terminé de perpetrar el crimen.
 Y así fueron pasando los años, cigarrillo en ristre, fumando espero, los primeros caliqueños y puritos entrefinos, los Farias, celtas, ideales, ducados, bisonte, Tres carabelas, chesterfield, hasta acabar en el Pall Mall en hebra y los Habanos, tabaco de burgués, y hasta cachimba, en una época en que se permitía fumar en los hospitales, y hasta en los exámenes universitarios, con lo que la inspiración acudía presto al llamado y resultaba muy fácil aprobar.
Mas pronto vinieron los achaques, las faringitis y laringitis, los célebres 'tabardillos', las bronquitis y afonías y, con ellos los miedos, las aprensiones, los cánceres en ciernes. De tal modo que el complejo de culpa lo invadió todo y relegaba más y más el viejo deleite. Hasta que un mal día un médico amigo de la familia te advertía: «Vas por el mismo camino que tu padre», y entonces acudían a mi mente los cinco infartos, las angustias y la muerte con 62 años. Aquello era demasiado para mi sensibilidad de niño de quince años. ¿Qué más les puedo decir?
De entonces acá, las cosas, por desgracia, apenas han cambiado por culpa de la administración central, de la tremenda hipocresía de los Estados, que prohíben las drogas con lo que ello supone, al tiempo que permite una de las más traicioneras, limitándose a aumentar una y otra vez la subida de precios, en vez de hacerla desaparecer de los estancos. Pues bien, señora Mónica García, nueva ministra de Sanidad sin funciones y que necesita justificarse, sepa usted de una vez para siempre, que haciendo del fumador un proscrito obligado a fumar a precios exorbitados y expulsado de los espacios públicos, sólo conseguirá aumentar su placer, empobrecer a la familia y cabrearlo un poco más. ¡Cuánta hipocresía y cuanto cinismo por parte de unos gobernantes, hueros de imaginación, que se ven obligados a subir las recaudaciones de todo tipo para, de ese modo, dar de comer a tanto asesor inútil, a tanto inútil con corbata y a tanto 'koldo' ambulante, suelto por doquier!