Fernando Fuentes

Fernando Fuentes


Baribaldi

02/04/2024

En una semana de pasión aguada a mil en vísperas de abril, en la capital de España una de las paradas más populares, del particular viacrucis de los sin fe, ha sido la nueva Taberna Garibaldi. Y es que tanto nostálgicos del 8M, como algunos ultras recalcitrantes se han querido dar un voltio, más o menos amistoso, para golismear en el bareto que Pablo Iglesias se ha montado en los madriles. Lo primero que llama la atención es lo poco original del nombre, que fácil habría sido cambiar la g por una b y todos a celebrar la ocurrencia. Lo segundo es que el propio Iglesias, que ha pasado en dos Al rojo vivo de ser conocido como el Marqués de Galapagar a lucir mandilón de tabernero de barrio, está allí, dando la cara y las cañas, claro. Y todo ello en un espacio, situado en medio del maremágnum urbano de Lavapiés, en el que la gentrificación avanza rápido ante la resistencia social de unos cuantos valientes de verdad con los que el nuevo empresario hostelero   -ya sin coleta, pero, sí perilla mosquetera- apenas tiene que ver. El caso es que, durante este último fin de semana, la calle Ave María se ha visto desbordada ante la presencia de una turba de propios y extraños que o se acercaban a degustar la cerveza y el tapeo del Baribaldi o, simplemente, asomaban la gaita por la puerta a ver si el expolítico andaba, de verdad, currando tras la barra y ni rastro, sólo se le vio por allí el día de su inauguración. Llegados a este punto hay que hacer obligada alusión a que, si alguien busca intelectualidad canalla o algún resquicio de bohemia barista, no hay ni rastro de ello. Allí lo que manda es un ambiente pseudorevolucionario de postal, como escupe allí mismo La Polla Records. Y, curiosamente, manda la edad madura como una evidencia más de que los más jóvenes poco, o nada, quieren tener que ver con el marxismo trasnochado. Mucha vieja guardia republicana, poca diversión. Y, por supuesto, en dicho presunto oasis del presunto progresismo hostelero, en sus paredes no falta una bandera de Palestina y algunos afiches con estética soviética, seguramente pensando que eso hará desviar la atención de lo realmente importante: el sosainas sabor de lo vegano o el excesivo precio de una birra mal tirada. Dicen que todos los que por allí pasan que el combinado Durruti Dry Martini es lo más logrado que ofrecen en dicho chiringo y que disfrutarlo, entonando el Bella Ciao a todo pulmón y abrazado a los camaradas con los ojos arrasados de lágrimas, es toda una experiencia como muy de koljos y, en cualquier caso, poco religiosa. No hay nada como el calor del amor en un bar de madrugá… pero, de los de verdad.