Javier López

NUEVO SURCO

Javier López


La codicia

27/02/2024

Dicen que el Duque de Lerma, valido de Felipe III, fue el que inauguró en España la era del pelotazo al calor de las administraciones públicas. La operación era simple: trasladar la corte de Madrid a Valladolid comprando previamente en la ciudad del Pisuerga terrenos y palacios a precio de saldo para revenderlos a precio de oro una vez que la corte quedara allí establecida, trasladando de nuevo la corte a Madrid a los pocos años y repitiendo exactamente la misma jugada.  El pelotazo fue mayúsculo y antológico. El imperio español, que había alcanzado un esplendor imponente con Felipe II, iniciaba ya, con Felipe III y el Duque de Lerma como hombre fuerte del país, la senda hacia la decadencia. La corrupción comenzaba a anidar de una forma ostensible en la todavía poderosísima corte hispánica.
La codicia casa bien con los ámbitos de poder. No tiene freno, ni se detiene ante nada, que se lo pregunten ahora al tal Koldo, que como un Duque de Lerma de baratija, pero en la misma estela, quiso hacerse de oro a cuenta de las mascarillas de la pandemia contando con la protección de un ministro con fama continuada y sostenible de golfete, José Luis Ábalos, que se aferra al cargo de diputado, por esto nuestro, tan acreditado y transversal, de que aquí no se baja nadie de la poltrona ni con aceite hirviendo.
Las mascarillas se convirtieron en aquellos días aciagos en un bien de primera necesidad, oro puro, aunque al principio el desbarajuste era tal que uno no sabía si era mejor o peor ponérsela, ni cómo había que hacerlo con corrección, ni siquiera cuando había que cambiarla por una nueva porque la puesta ya se había quedado inservible. Finalmente la mascarilla, con la vacuna posterior que no tardó demasiado en llegar, fueron instrumentos imprescindibles para prevenir y aminorar el mal, del mismo modo que los respiradores, muy escasos en los hospitales, se convirtieron en indispensables para salvar algunas de esas vidas que se iban a borbotones en todos nuestros centros hospitalarios. 
En ese clima de desesperación extrema nació la especulación, el pelotazo y la riqueza fácil pasada por encima de la desgracia colectiva y alimentándose de ella. En el caso que nos ocupa, hablamos de más de cincuenta millones en nueve contratos y apenas cuatro meses. Un pelotazo en toda regla que le sirvió a Koldo García para cuadriplicar sus ingresos tras las adjudicaciones ahora bajo sospecha. El paraguas protector de Ábalos parece un supuesto más que fundado, hasta el punto que al poco de estallar el escándalo su presencia como diputado se convirtió en muy molesta para la dirección socialista y para Moncloa, como si ya se contara con que podía ocurrir, que todo se acabaría sabiendo, como así está siendo.
Koldo García, desde hace años a la sombra de Ábalos, es uno de esos personajes inquietantes que medran en los partidos, en la fontanería, en la cocina, siempre haciendo trabajos entre bastidores, no hay más que recordar su papel en la recogida de avales para la campaña de Sánchez en las primarias socialistas. Medran arrimados a algún pez gordo con mando en plaza hasta que finalmente les cae algo suculento. Personajes sin ideología, codiciosos y rastreros, que saben que en España, tal y como tenemos organizada la cosa pública, un partido político puede ser la mejor oficina dispensadora de pelotazos sabrosos.
La codicia de Koldo García era de una gran magnitud y encontró en Ábalos, y sus cosas, la mejor madriguera para enriquecerse. Dicen que era su chico para todo, se convirtió en su sombra ya en ese Ministerio de Transportes que José Luís Ábalos abandonó en una de las primeras remodelaciones de Sánchez, al igual que la Secretaría de Organización del PSOE. Ábalos paso en poco tiempo de ser un puntal indiscutible de la estructura sanchista a ser una presencia molesta al que, sin embargo, el presidente del Gobierno nunca le ha dejado de tener estima. Y lo que hizo durante la pandemia pudo estar en su conocimiento cuando lo apartó del gobierno en 2021, lo que añade más leña al fuego del caso.  Veremos hasta donde llega la responsabilidad penal, la responsabilidad política es evidente y llama la atención ese aferramiento al escaño. Un capítulo más de nuestra tradicional relación con los pelotazos a la sombra del poder. La cosa viene de lejos y es uno de los grandes pecados capitales. Que se lo pregunten al Duque de Lerma.