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Eloy M. Cebrián

Eloy M. Cebrián


La mano derecha de Will Smith

08/04/2022

He pasado las últimas dos semanas reflexionando sobre lo de Will Smith en la gala de los Oscar, y mi única conclusión cierta es que Chris Rock (cuya existencia yo desconocía) ha alcanzado la fama internacional gracias al guantazo que le atizó el actor. Algo parecido le ocurrió al boxeador Evander Holyfield, cuyo nombre seguramente no se recordaría si no fuera porque Mike Tyson le arrancó un trozo de oreja de un mordisco.  En ambos casos, lo que se ha producido es un proceso de victimización doble. Además de encajar la bofetada y el mordisco, respectivamente, tanto el cómico como el púgil pasarán a la posteridad por la agresión que recibieron. Poco antes de lo de Will Smith, un energúmeno se presentó en un colegio toledano y atacó a dos maestras y un trabajador social a base de patadas y puñetazos. En este caso, las identidades del agresor y de los agredidos no han trascendido, aunque supongo que en la localidad de Sonseca todo el mundo los conocerá y los recordará por eso. En el patio de mi colegio, el niño del que todos se burlaban era aquel incapaz de repeler o responder a las agresiones. Hoy en día, en nuestra sociedad del moralismo de todo a cien, nos vanagloriamos de haberles devuelto la dignidad a las víctimas. Eso de puertas para fuera. De puertas para adentro, sigue gozando de cierto prestigio quien es capaz de ejercer la violencia contra otros, mientras que la víctima se convierte más bien en una figura ridícula. Me apena comprobar que en los patios de los colegios los niños se siguen riendo del más débil, que más de uno ha celebrado el guantazo de Will Smith con un gintónic en la mano, y que en las redes sociales muchos patanes han afirmado que algo habrían hecho los docentes de Sonseca para merecer la paliza.