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Ramón Bello Serrano

Ramón Bello Serrano


Otoño

24/09/2022

No vive menos quien vive más de prisa; ni es menos varia la vida más uniforme -lo escribió Stefan Zweig en su célebre ensayo de Balzac, Dickens y Dostoievski-. El nuevo curso, tras la extraordinaria feria del alcalde Emilio Sáez, se aparece como un deber rutinario, los días se acortan y la luz del otoño es acedía. Es el tiempo de la rota mejor que el de la rutina -es un hacer que va más allá de la costumbre-. Las calles se acompasan al ritmo de la nueva estación y como en el verso de Neruda, se adivinan ya los tristes caballos del otoño. Vivir más de prisa. La prisa del vivir, como si se viviera de menos, sacar al hombre de la tristeza vital, hacer cuanto se pueda por si llegásemos tarde -antes de que me venza la enfermedad que presiento daré la vuelta al mundo y viviré con prisa- y el sacudirse la vida uniforme. ¿Y los grandes viajes interiores? ¡Al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo!; escribirá Baudelaire, al tiempo que escuchaba la música de Wagner -el preludio de Lohengrin que desarboló su prisa y le acercó (quizá sólo le dejó reposar un poco en la orilla) a la vida más uniforme-. Cada uno tiene su cadencia en el vivir -y esa cadencia tiene mucho que ver en el modo que uno vive-. Uno vive como escritor o como ebanista -quizá sean la misma cosa; trabajar en ébano, madera fina; madera fina también lo es la palabra- y no creo que la celeridad en el vivir o un estar casi pausado (casi y no del todo) deban calificar forzosamente a un hombre. Pero aún así prefiero la calma    -la vida uniforme-, la posibilidad de viajar con ajenos viajes (los viajes de otros) y el desafío que conllevan los caminos de interior -ya que te implicas, hazlo con honor, sé leal y honrado con el vivir-. El otoño resalta esta contradicción, nos acorta y aquieta; pero hoy nadie quiere ser contradicho, se pretende la prisa que excluye la calma. El zar Pedro marchó de incógnito a Holanda y trabajó allí en un astillero -el zar comprendió su ignorancia del mundo occidental-, sus prisas (el viajero de incógnito, siempre bajo sospecha) no vencieron a la costumbre popular para quién vivir apresuradamente era contrario a la religión del hombre razonable. No es menos varia la vida más uniforme en los otoños de Shelley.