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Antonio García

Antonio García


Disculpas

04/04/2022

Primero fue el golpe, y luego la petición de disculpas. Los psicólogos, que no paran, ya tienen palabro -en inglés- para nombrar ese tipo de disculpas: fauxapologies, o sea disculpas falsas, fingidas, insinceras. Ni los pucheritos le han valido a Will Smith para convencernos de su contrición. Al contrario, esos gimoteos, procediendo de un actor, son quizá los que delatan más su arte fingitorio. Para que unas disculpas sean aceptadas, dicen los psicólogos, lo primero es que sean sinceras, lo que no parece el caso de las del actor, pues no las acompañó con la contraprestación de pagar por su infracción, otro requisito indispensable para creerlas: se negó a abandonar la gala cuando se lo pidieron los responsables de la academia. De lo que no hay duda es de que el hostiazo sobrevenido fue muy sincero, en proporción inversa a su arrepentimiento. Históricamente el gran dispensador de perdones es el catolicísimo, en su ritual de confesión, que favorece la absolución de pecados a cambio de un arrepentimiento, imposible de verificar, y una propina de padrenuestros para salir del paso. Desde entonces muchos se han acogido a esa sencilla fórmula de pecar con las espaldas cubiertas por una dispensa posterior. Aquí sí es aplicable esa máxima solidaria de que «todos somos Will Smith», no porque justifiquemos su violencia impresentable sino por no medir las consecuencias de nuestros actos antes de cometerlos, pensando que basta cualquier excusa, la de que tuvimos el día tonto por ejemplo, para que no se nos tengan en cuenta. Los políticos, y por extensión cualquier usuario de las redes sociales, son hábiles en ese tipo de procedimientos de lanzar la ofensa y luego replegarse con un mea culpa que siempre llega demasiado tarde.