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Antonio Herraiz

DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


La magia de la radio

22/10/2021

Un cuento de Navidad tuvo la culpa. La primera vez que visité un estudio de radio fue en la emisora que la Cadena Rato tenía en Guadalajara. No tendría más de cinco años y acompañé a mi hermana, que había ganado un concurso de cuentos y se disponía a contarlo en antena. Era de noche y aquello me despertó una curiosidad por saber quién estaría detrás, quién escucharía aquellas palabras de una niña que leía firme, sin percatarse de que cientos, quizá miles de oyentes, estaban atentos a su relato.
La Navidad y la radio comparten magia, un misterio que, en el medio más vivo y dinámico de todos los que te informan y acompañan, se ve en ocasiones alterado ante la necesidad de abrir puertas y ventanas. A los más puristas les sigue provocando cierto pudor descubrirse de arriba abajo, mostrar las entrañas de un soporte de comunicación del que pocas veces se enseñaba nada. Esa adaptación no es otra cosa que la aproximación a una realidad cambiante que no desvirtúa la idiosincrasia de la radio: «Está pasando, te lo estamos contando».
Los dos últimos grandes superdotados de la radio, las dos últimas grandes estrellas del medio, siguen reivindicando su vigencia: «A la radio le aguarda un enorme futuro». Es uno de los mensajes más rotundos que han dejado este jueves Carlos Herrera e Iñaki Gabilondo en el acto en el que han sido investidos doctores honoris causa por la Universidad Europea de Madrid. En tiempos de fake news, en momentos de tsunamis repletos de estímulos y de informaciones sin contrastar, los medios tradicionales se han reivindicado una vez más como la mejor garantía de la verdad, de la explicación y del análisis. Lo hemos vivido durante la pandemia y se comprueba en cada acontecimiento que surge, como el volcán de La Palma, en el que la radio es capaz de acercarse en tiempo y forma, contar y explicar lo que está pasando, sin necesidad de recurrir a una sobreactuación que choca con su propia esencia.
Siempre hay agoreros -la mayoría interesados- que divisan un mal futuro. Vienen diciendo lo mismo desde hace más de 20 años. Y la prueba de que sus palabras tiene un recorrido corto la tienen en los comunicadores más veteranos, los que llevan décadas pegados a un micrófono. En su adaptación a las nuevas demandas, a esa generación que tiene muchas más alternativas que las que había cuando empezaron, en la propia transformación profesional hacia las nuevas plataformas analógicas y digitales, han demostrado que la supervivencia de la radio es una realidad y también una necesidad.
No entiendo una sociedad sin la radio. Tampoco la veía mi abuela, a la que el transistor acompañaba por toda la casa y que se posaba en la vieja cocina con el mismo sosiego con el que los pucheros hacían su trabajo bajo la atenta mirada del fuego. No veo un futuro sin la radio y en torno a ella deberán reafirmarse los pilares democráticos del país, como control de los que mandan y como altavoz de aquellos que casi nunca tiene voz. Y así lo vieron mis padres, que nos abrieron un amor eterno sin ni siquiera pretenderlo. El mandato que nos han dejado es claro. Toca ahora a los que estamos prender de nuevo esa llama entre los que nos suceden, con una disparidad de fuentes a las que acudir, pero ninguna con los argumentos tan sólidos y vigentes que ofrece la radio.
Un cuento de Navidad tuvo la culpa. La primera vez que visité un estudio de radio fue en la emisora que la Cadena Rato tenía en Guadalajara. No tendría más de cinco años y acompañé a mi hermana, que había ganado un concurso de cuentos y se disponía a contarlo en antena. Era de noche y aquello me despertó una curiosidad por saber quién estaría detrás, quién escucharía aquellas palabras de una niña que leía firme, sin percatarse de que cientos, quizá miles de oyentes, estaban atentos a su relato.
La Navidad y la radio comparten magia, un misterio que, en el medio más vivo y dinámico de todos los que te informan y acompañan, se ve en ocasiones alterado ante la necesidad de abrir puertas y ventanas. A los más puristas les sigue provocando cierto pudor descubrirse de arriba abajo, mostrar las entrañas de un soporte de comunicación del que pocas veces se enseñaba nada. Esa adaptación no es otra cosa que la aproximación a una realidad cambiante que no desvirtúa la idiosincrasia de la radio: «Está pasando, te lo estamos contando».
Los dos últimos grandes superdotados de la radio, las dos últimas grandes estrellas del medio, siguen reivindicando su vigencia: «A la radio le aguarda un enorme futuro». Es uno de los mensajes más rotundos que han dejado este jueves Carlos Herrera e Iñaki Gabilondo en el acto en el que han sido investidos doctores honoris causa por la Universidad Europea de Madrid. En tiempos de fake news, en momentos de tsunamis repletos de estímulos y de informaciones sin contrastar, los medios tradicionales se han reivindicado una vez más como la mejor garantía de la verdad, de la explicación y del análisis. Lo hemos vivido durante la pandemia y se comprueba en cada acontecimiento que surge, como el volcán de La Palma, en el que la radio es capaz de acercarse en tiempo y forma, contar y explicar lo que está pasando, sin necesidad de recurrir a una sobreactuación que choca con su propia esencia.
Siempre hay agoreros -la mayoría interesados- que divisan un mal futuro. Vienen diciendo lo mismo desde hace más de 20 años. Y la prueba de que sus palabras tiene un recorrido corto la tienen en los comunicadores más veteranos, los que llevan décadas pegados a un micrófono. En su adaptación a las nuevas demandas, a esa generación que tiene muchas más alternativas que las que había cuando empezaron, en la propia transformación profesional hacia las nuevas plataformas analógicas y digitales, han demostrado que la supervivencia de la radio es una realidad y también una necesidad.
No entiendo una sociedad sin la radio. Tampoco la veía mi abuela, a la que el transistor acompañaba por toda la casa y que se posaba en la vieja cocina con el mismo sosiego con el que los pucheros hacían su trabajo bajo la atenta mirada del fuego. No veo un futuro sin la radio y en torno a ella deberán reafirmarse los pilares democráticos del país, como control de los que mandan y como altavoz de aquellos que casi nunca tiene voz. Y así lo vieron mis padres, que nos abrieron un amor eterno sin ni siquiera pretenderlo. El mandato que nos han dejado es claro. Toca ahora a los que estamos prender de nuevo esa llama entre los que nos suceden, con una disparidad de fuentes a las que acudir, pero ninguna con los argumentos tan sólidos y vigentes que ofrece la radio.