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Antonio García

Antonio García


Neil Young

31/01/2022

Lo de Neil Young no nos ha extrañado nada. Es el viejo porreta, el único que no encuentra ridículo llamarse hippi, el antisistema. Denuncia en sus discos a los presidentes malos, a las multinacionales, se opone a todas las guerras y es defensor de la madre naturaleza y de los granjeros. Como esos creadores de TBO, inventó un coche que no andaba y un reproductor que no se oía. Lo que sí domina es la música, que le ha convertido en el último titán americano (o canerican, porque nació canadiense). Acaba de sacar su enésimo disco, Barn, acompañado de un hermoso documental dirigido por su señora. El granero convertido en improvisado geriátrico donde cuatro caballos locos con evidentes problemas articulatorios desgranan su música atemporal. Ahora Young ha exigido que esa música deje de escucharse en spotify, tras un ultimátum al que la plataforma ha hecho oídos sordos. O él o un negacionista de las vacunas. Y spotify ha optado por el negacionista. Es lo que se llama visión comercial. El público natural de Neil Young está entre los consumidores de vinilo, baby boomers que aún hablan de vez en cuando por el teléfono fijo. No creo que los más jóvenes vayan a lamentar su ausencia en esa aplicación, porque no saben quién es. Eso que se pierden. Los ultimátums afean la imagen de quien los lanza, que queda un poco ridículo tras el desplante, aunque lo venda como dignidad. Al viejísimo Young no le hacía falta poner a prueba su cotización en el mercado. ¿Acaso no son compatibles en una democracia lo bueno y lo malo, para que uno elija libremente? Young era de los buenos, y colocado al lado de los malos ganaba por contraste.