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Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


El mal ejemplo

30/05/2022

En un momento en que nuestro país se desangra por los cuatro costados, el regreso de don Juan Carlos, el rey emérito, a España, el pasado fin de semana, tras cerca de dos años residiendo en Abu Dabi, no ha hecho más que dar pábulo a las pasiones enfrentadas que desde su salida del país viene desatando entre quienes se sirven de su triste historial para socavar el reino de España, y quienes, por lo que sea, siguen prestándole su apoyo. Y lo peor es que, tanto unos como otros obran movidos por motivos espurios.
Por méritos propios, el antiguo monarca se ha convertido en un grave problema para la propia monarquía borbónica, reinstaurada en 1975 por voluntad de Franco. Lo sorprendente, sin embargo, es que ni él mismo parece ser consciente del alud de pasiones que su errático comportamiento durante los últimos años de su reinado ha desencadenado. Dicen que no hay peor ciego ni peor sordo que el que no quiere ver ni oír. Y el problema de don Juan Carlos, como muy bien lo pusiera sobre el tapete Sabino Fernández Campos, es y han sido sus amistades peligrosas, especializadas en sacudir sus malas pasiones a cambio de lo que pudieran sacar de rédito.
Escribía Pascal que un rey sin divertimento es un hombre lleno de miserias, en especial cuando carece de personalidad y valores humanos a los que agarrarse. Le pasó a su abuelo Alfonso XIII, la pasó a su tatarabuelo Fernando VII, y él no podía ser menos. Como en el caso del abuelo, todo induce a pensar que el eje de su educación hubiera sido «haz lo que te dé la real gana, que para eso eres el monarca»; una pérfida tergiversación de la Historia, cuando lo que realmente hubiera debido aprender es que el rey es el primer servidor de sus súbditos; máxime cuando, tras una serie de monarcas calamitosos desde Carlos III acá, se imponía asentar la Monarquía en un país que había asistido, avergonzado, a la huida apresurada de Alfonso XIII, en 1931, por miedo, por más que dijera lo contrario, a que la recién nacida Segunda República pudiera pedirle cuentas.
Se imponía el ejemplo: austeridad, rigor, trabajo, morigeración, etc. Y así fue, más o menos, durante los primeros años del reinado de don Juan Carlos, con el apoyo del marqués de Mondéjar y del citado Fernández Campos. Pero la procesión iba por dentro. Durante años, por lo demás, sus cada vez más frecuentes desvaríos, perfectamente tapados por la prensa, le hicieron pensar que tenía patente de corso. Por algo había pasado a la Historia deteniendo en su raíz el esperpéntico golpe de Estado de Milán del Bosh, Armada y Tejero. Era hora de superar su tradicional abulia borbónica y darle al cuerpo un poco de alegría, como muy bien le aconsejaban sus íntimos, como este Pedro Campos, empresario podrido de millones. Ahí empezaron sus problemas. De error en error y dando rienda a su calamitoso ADN, pretendió a un tiempo ejercer de irresistible don Juan, acumular una fortuna digna del rey de España, y pasárselo a lo grande, aunque para ello tuviera que callar más de una boca.
Y fue así como llegamos al triste destino que este rey, antaño amado y admirado, ocupa en la actualidad. Su error principal, no haber querido ver, por culpa de tanto alcahuete y tanto turiferario, que los tiempos habían cambiado radicalmente; que la Edad Media hacía siglos que había pasado, y que soltándose de manos, las cañas muy pronto se iban a volver lanzas. Pasar de rey a villano es fácil; lo contrario exige un esfuerzo colosal. Verlo, como lo vimos el domingo, torpe, tullido, saludando de manera lamentable a unos cuantos circunstantes a su paso, y sacando su genio borbónico ante una periodista que le preguntaba si pensaba dar explicaciones – «Explicaciones de qué?» –, resulta patético y lamentable, por más que se empeñen los nostálgicos. Ojalá, por el bien de España, su hijo le hiciera ver, antes de su partida en el jet privado, que hay una cosa sagrada que se llama discreción, que él parece, como tantas cosas, haber olvidado.