Eloy M. Cebrián


Caras

16/10/2020

Esta semana me entrevistaba la amiga Ana Martínez sobre un taller literario que he organizado. Un aspecto que procuré recalcar es que el taller se imparte por internet, a través de una plataforma de videoconferencia. Lo subrayé en un par de ocasiones porque no quiero que nadie se llame a engaño. Hay mucho alérgico a las nuevas tecnologías que no quiere saber nada de chuminadas digitales. Lo de que un curso o taller se imparta por internet les suena a andrómina, como si alguien se ofrece a darte un masaje por vía telemática, o a repararte el coche. Sin embargo, me encuentro con la paradoja de que la cercanía con los alumnos es mayor en este taller que en mis clases del instituto, que son íntegramente presenciales. Influye, por supuesto, el hecho de que todos los alumnos del taller sean adultos y menos numerosos que los del instituto. Pero creo que la diferencia principal es que en el taller todos podemos vernos las caras, aunque sea en la pantalla. Para mí, la gran dificultad de este curso académico (al margen de las precauciones sanitarias y del miedo al contagio) es el hecho de tener que enseñar ante un grupo de rostros enmascarados. Terminará el curso y aún no conoceré el rostro de la mayoría de mis alumnos, que seguirán siendo simples nombres sin una cara que los sustente. Y lo peor es que la imaginación hace de las suyas y completa a su aire lo que la mascarilla oculta. A algunos de mis estudiantes de este curso les he puesto la cara de alumnos de años anteriores. A semejanza del doctor Frankenstein, a otros los he reconstruido con fragmentos tomados de aquí y de allá. Sé que todo esto resulta muy inquietante, pero así son los tiempos que nos ha tocado vivir.